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martes, 14 de diciembre de 2010

Más que dos carretas


- Ehhh… Paqui, cielo, no es por fastidiar, pero… ¿qué es eso que llevas ahí?
- ¿Ahí? ¿Dónde?
- Pues ahí. Ahí mismito. Lo que viene siendo en el pecho…
- No llevo nada. Lo de siempre.
- No. Lo de siempre, no. Tú nunca has tenido las tetas como dos cocos.
- ¿Redonditas?
- No. Arrugadas y peluditas, no te jode…
- No se lo digas a nadie, pero es que me he metido un poquito…
- ¿Que te has “metido” qué? ¿Algodón? ¿Calcetines? ¿La toalla de la playa?
- No, idiota. 500 gramos de silicona “per cápita”.
- ¿¡Qué me estás contando!?
- Lo que oyes. Pero ha quedado sutil, ¿verdad? Dudo que nadie se dé cuenta.
- Fijo, fijo… con suerte, todo Dios habrá perdido la vista esta noche y nunca repararán en tu recién adquirido melonar… y una cosa: si no quieres que nadie se dé cuenta, ¿para qué demonios te lo has hecho?
- Uy, pues para mí misma.
- Ya, ya… claro, para ti misma. Porque si te ponías un suje relleno de papel higiénico… ehh… ¿te avergonzabas de ti misma ante el espejo? ¿Es eso?
- Algo así…
- Estás fatal. ¿Y cómo te sientes? ¿Duele?
- Un poco, la verdad. Bueno, en realidad, me tiran los puntos cosa mala…
- Te está bien empleado, por tonta. Mira que meterte en un quirófano así, al buen tun-tun, sin necesidad alguna…
- Pues ahora que lo dices, tengo pendiente sacarme las muelas del juicio y no me atrevo por miedo a que me hagan una escabechina. ¡Qué gracia!, ¿verdad?
- Sí. Tronchante... ¿Y te apañas bien con tu nueva anatomía?
- No. Lo llevo fatal. Cada vez que alargo el brazo para coger un vaso, tiro media vajilla al suelo. No calculo bien y me las engancho por donde paso. Y, para rematar, no me veo los pies desde aquí arriba. Esta mañana, me han tenido que avisar las compañeras de la oficina de que me había puesto dos zapatos de distinto color. Paso unas vergüenzas que pa qué te cuento…
- No, si todo son ventajas, ya veo…
- Y porque no he empezado con la sección “ropa”, que si me pongo a largar por esta boquita, te echas a llorar…
- ¿Y eso?
- Pues porque no me vale nada. No entro en ninguna camisa y los jerséis se me quedan como “estallados” en la zona ecuatorial, no sé si se me entiende…
- Perfectamente, cielo, perfectamente… ¿y qué solución le ves?
- Pues teniendo en cuenta que me he dejado los ahorros en la mesa de operaciones y, por tanto, ni soñar con renovar mi armario, pues tendré que buscar alternativas de bajo coste.
- ¿Por ejemplo?
- Chica, no sé… meterle un añadido en la axila o ponerle unos broches donde se me haga el agujero, pero algo tendré que inventar… y luego está el problema de los malabares...
- ¿Para llegar a fin de mes?
- ¡Qué va! ¡Para no dejarme los morros en la gravilla! Porque voy desequilibrada por el sobrepeso delantero y tiendo a frenar con los dientes cada vez que me esmorro… ¡una gloria, esto de operarse!

Visto lo cual, no hago más que repetir al viento: “Virgencita, Virgencita, que me quede como estaba”…


domingo, 26 de septiembre de 2010

La teta azulada



Poneos en situación:

- el clásico joven,
- trajeado y engominado (la imagen vende mucho),
- con la ambición justa para montar su propio negocio e invertir en él todos sus ahorros (incluyendo los ingresos originados por la venta por eBay de toda su colección de AirgamBoys de los ochenta),
- haciendo a la vez de telefonista, comercial, gestor y lo que se tercie, porque los comienzos (ya se sabe) son muy duros,
- repartiendo tarjetas por doquier y dando charlas sobre su oferta de servicios a todo aquel que se preste (incluyo en el grupo a los Mormones y Testigos de Jehová, que cuando se ponen a escuchar, no hay quién les gane)

Estáis situados, ¿verdad?
Bien.
Ahora imaginaos al yupi en cuestión en plena conferencia.

Dos clientes potenciales (mujeres ambas) se sientan en una sala de reuniones (alquilada) dispuestas a escuchar lo que tengan que ofrecerles.
Una de ellas lleva una sillita de bebé, porque le ha fallado la canguro.
No hay problema. Mientras el niño no berree durante la exposición, todo va a ir bien.

En plena explicación sobre derivados y warrants, la susodicha saca al bebé de su letargo y, ni corta ni perezosa, se saca el pecho ante la mirada atónita del chaval, que no sabe si mirar a la pantalla del powerpoint o buscar la cámara oculta.

La mujer, sin pestañear siquiera, comienza a amamantar al bebé, sin preguntarse siquiera si aquello violentará a la concurrencia.

El hombre, atónito, le pregunta si no prefiere pasar a la salita de reuniones que hay enfrente y así estar más cómoda.

- No, no, qué va, si al bebé le calma oír tu voz. Sigue, sigue.
- Ehhh… puessss…. Por dónde ibaaaaa….
- Ibas a explicarnos la operativa con derivados.
- Ya… ya… pues eso, que… los…. ¿de verdad no estaría mejor en la salita?
- Que no, que no insistas, que es un momentito de nada…

Se jodió el negocio.
El pobre ya no dio pie con bola y las mujeres salieron de la sala con un careto de “a ti te voy a dejar yo mi dinero, por mis muertos” de preocupar.

- Yo sólo veía aquella teta enorme, como azulada, y ya no me salían ni las palabras- me confesaba apesadumbrado días después.
- Pero chico, ¿es que no has visto una teta en tu vida?- le preguntaba yo hipando de la risa.
- Sí, pero en esa situación… ¡no me lo esperaba! Si por lo menos me hubiera avisado antes… ¡la sacó más rápidamente que un gitano la navaja!
- Anda, anda, que eres un exagerado. ¿Qué iba a hacer la mujer si el niño tenía hambre?
- Que no, que no, que yo creo que lo hizo para desestabilizarme. ¡Si tuvo que despertar al bebé, que estaba plácidamente dormido! Esa lo que quería era ponerme nervioso y dejarme en evidencia.
- Seguro, seguro…

Así que ha decidido poner un servicio de guardería en la oficina, por si se repite el caso.
Le ha pedido a su hermana pequeña que cuide a los chavales de sus clientes mientras él les da la charla.

- Así no me pillan en otro renuncio- cuenta convencido de haber dado con la solución.
- ¿Y también vas a poner un ama de cría para cuando les toque la toma?- le pregunto yo suspicaz.
- ¡Mierda! ¡Con eso no había contado!
- Pues no le va a costar a tu hermana sacarse la leche, así, de repente. Pobrecita mía… le vas a crear un trauma…

Estoy esperando como agua de Mayo el remedio que se va a inventar para este último asunto. Si los comienzos son difíciles, él se los ha complicado todavía más…

lunes, 26 de julio de 2010

¡Aparta esas tetas, que me tapas el sol!


Nos vamos a la playa toda la cuadrilla a pasar el día.

Como somos un grupo cuadriculado y plagado de topicazos, nos repartimos de la siguiente manera: los niños, al agua embadurnados de protección 50. Las madres, a la tumbona a chafardear sobre los socorristas. Y los padres, al chiringuito con el Marca tatuado en el sobaco por la sudada.

En plena ola de calor, vuelven los hombres (como en el anuncio de colonia) a preguntarnos si queremos unas cervecitas (un detallazo), pero se quedan como hipnotizados, junto a mi bolsa-de-playa, sin acabar la frase y con la boca en modo “muñeca hinchable”.

Yo me giro, busco en lontananza y me percato de los dos balones de Nivea que se gasta la de al lado. Ni me había dado cuenta de que habían instalado un par de mojones señalizadores junto a la caseta de las duchas, oye. ¡Qué tersura! ¡Qué tamaño! ¡Qué pureza en las formas! ¡Qué moreno bicolor! ¿Dónde vas, imprudente-de-la-vida, con semejante anatomía expuesta a los ojos más necesitados? ¡Has tenido la suerte de tu vida! Porque tengo al crío en el agua, que como se acerque te puede meter un chutazo a gol en plena ubre que te la manda a la escuadra y ni te enteras. Pues no es nadie mi niño cuando pilla una pelota de ese tamaño…

Lo cierto es que no ha calculado bien la delicadeza de esa piel que exhibe hacia el Norte sin recato y se le han puesto (ambas) de color cangrejo. Pero los tíos no reparan en colores. Como los perros: sólo distinguen el “blanco y negro” en estas situaciones. Y el “grande y pequeño”, eso también.

Y éstas, os lo digo yo que sé de lo que hablo, son grandes. Muuuy grandes.
De ese tipo de “grande” que le quedaría claro incluso a un ciego que pasara por la orilla.

- Chicas, que hemos decidido que nos venimos aquí, con vosotras, que estamos muy blancos y en el chiringuito no nos ponemos igual…
- Ya, ya… ¿quién decís que no os pone igual?
- Pues el sol, ¿quién va a ser?
- Nadie, nadie… ¿pero a vosotros no os molestaba el sol?
- Eso era antes, ahora no nos importa nada. Es que hemos leído en la Cosmopolitan que el moreno adelgaza…
- Pues es lo que me faltaba- insisto yo. Como me digan que a “esa” (señalando disimuladamente a la de las sandías) le adelgaza el moreno, imagínate el tamaño de sus globos terráqueos en pleno invierno…
- ¿De quién habláis?- pregunta uno de ellos con cara de “uy-qué-tonto-soy-que-no-me-entero-de-nada”.
- Sí, encima disimulad, que se os da de fábula…
- ¿Y a vosotras no os apetecen unas cervecitas? Podéis iros tranquilas al bar, ¿eh? Que ya les echamos un ojo a los niños nosotros…
- ¡Ni hablar, que entonces se nos ahogan todos a la vez!- suelta Mónica, que ve peligrar seriamente la integridad de sus tres niños por los ojos desorbitados que le ha notado a su marido.
- Allá vosotras… chicos, ¿nos vamos a las dunas a echar una partidita de palas?- pregunta el más atlético de todos. (Nota aclaratoria: las dunas están a unos 35 centímetros y medio del extremo-sur de la toalla de la del melonar).
- Ojito al parche dónde mandáis la pelotita, no vaya a ser que no la recuperéis… se han dado casos…- les digo yo toda repelente.
- Descuida, que nosotros somos de atinar bien…- dice el del ojo vago, caminando hacia atrás porque se le escapa la manada.
- Ya te digo, majo, pero saca el pie del balde del chaval, que lo están usando como retrete de emergencia y te has puesto perdidito…

A la media hora, desesperados porque la anatómica-potente no les hacía ni caso (y eso que la pelotita bordeó la tragedia unas cuantas veces), se volvieron al chiringuito a ver la final de etapa del Tour de Francia y no se ha vuelto a hablar del asunto.

Al menos, hasta el verano que viene...


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