
- Ehhh… Paqui, cielo, no es por fastidiar, pero… ¿qué es eso que llevas ahí?
- ¿Ahí? ¿Dónde?
- Pues ahí. Ahí mismito. Lo que viene siendo en el pecho…
- No llevo nada. Lo de siempre.
- No. Lo de siempre, no. Tú nunca has tenido las tetas como dos cocos.
- ¿Redonditas?
- No. Arrugadas y peluditas, no te jode…
- No se lo digas a nadie, pero es que me he metido un poquito…
- ¿Que te has “metido” qué? ¿Algodón? ¿Calcetines? ¿La toalla de la playa?
- No, idiota. 500 gramos de silicona “per cápita”.
- ¿¡Qué me estás contando!?
- Lo que oyes. Pero ha quedado sutil, ¿verdad? Dudo que nadie se dé cuenta.
- Fijo, fijo… con suerte, todo Dios habrá perdido la vista esta noche y nunca repararán en tu recién adquirido melonar… y una cosa: si no quieres que nadie se dé cuenta, ¿para qué demonios te lo has hecho?
- Uy, pues para mí misma.
- Ya, ya… claro, para ti misma. Porque si te ponías un suje relleno de papel higiénico… ehh… ¿te avergonzabas de ti misma ante el espejo? ¿Es eso?
- Algo así…
- Estás fatal. ¿Y cómo te sientes? ¿Duele?
- Un poco, la verdad. Bueno, en realidad, me tiran los puntos cosa mala…
- Te está bien empleado, por tonta. Mira que meterte en un quirófano así, al buen tun-tun, sin necesidad alguna…
- Pues ahora que lo dices, tengo pendiente sacarme las muelas del juicio y no me atrevo por miedo a que me hagan una escabechina. ¡Qué gracia!, ¿verdad?
- Sí. Tronchante... ¿Y te apañas bien con tu nueva anatomía?
- No. Lo llevo fatal. Cada vez que alargo el brazo para coger un vaso, tiro media vajilla al suelo. No calculo bien y me las engancho por donde paso. Y, para rematar, no me veo los pies desde aquí arriba. Esta mañana, me han tenido que avisar las compañeras de la oficina de que me había puesto dos zapatos de distinto color. Paso unas vergüenzas que pa qué te cuento…
- No, si todo son ventajas, ya veo…
- Y porque no he empezado con la sección “ropa”, que si me pongo a largar por esta boquita, te echas a llorar…
- ¿Y eso?
- Pues porque no me vale nada. No entro en ninguna camisa y los jerséis se me quedan como “estallados” en la zona ecuatorial, no sé si se me entiende…
- Perfectamente, cielo, perfectamente… ¿y qué solución le ves?
- Pues teniendo en cuenta que me he dejado los ahorros en la mesa de operaciones y, por tanto, ni soñar con renovar mi armario, pues tendré que buscar alternativas de bajo coste.
- ¿Por ejemplo?
- Chica, no sé… meterle un añadido en la axila o ponerle unos broches donde se me haga el agujero, pero algo tendré que inventar… y luego está el problema de los malabares...
- ¿Para llegar a fin de mes?
- ¡Qué va! ¡Para no dejarme los morros en la gravilla! Porque voy desequilibrada por el sobrepeso delantero y tiendo a frenar con los dientes cada vez que me esmorro… ¡una gloria, esto de operarse!
Visto lo cual, no hago más que repetir al viento: “Virgencita, Virgencita, que me quede como estaba”…
- ¿Ahí? ¿Dónde?
- Pues ahí. Ahí mismito. Lo que viene siendo en el pecho…
- No llevo nada. Lo de siempre.
- No. Lo de siempre, no. Tú nunca has tenido las tetas como dos cocos.
- ¿Redonditas?
- No. Arrugadas y peluditas, no te jode…
- No se lo digas a nadie, pero es que me he metido un poquito…
- ¿Que te has “metido” qué? ¿Algodón? ¿Calcetines? ¿La toalla de la playa?
- No, idiota. 500 gramos de silicona “per cápita”.
- ¿¡Qué me estás contando!?
- Lo que oyes. Pero ha quedado sutil, ¿verdad? Dudo que nadie se dé cuenta.
- Fijo, fijo… con suerte, todo Dios habrá perdido la vista esta noche y nunca repararán en tu recién adquirido melonar… y una cosa: si no quieres que nadie se dé cuenta, ¿para qué demonios te lo has hecho?
- Uy, pues para mí misma.
- Ya, ya… claro, para ti misma. Porque si te ponías un suje relleno de papel higiénico… ehh… ¿te avergonzabas de ti misma ante el espejo? ¿Es eso?
- Algo así…
- Estás fatal. ¿Y cómo te sientes? ¿Duele?
- Un poco, la verdad. Bueno, en realidad, me tiran los puntos cosa mala…
- Te está bien empleado, por tonta. Mira que meterte en un quirófano así, al buen tun-tun, sin necesidad alguna…
- Pues ahora que lo dices, tengo pendiente sacarme las muelas del juicio y no me atrevo por miedo a que me hagan una escabechina. ¡Qué gracia!, ¿verdad?
- Sí. Tronchante... ¿Y te apañas bien con tu nueva anatomía?
- No. Lo llevo fatal. Cada vez que alargo el brazo para coger un vaso, tiro media vajilla al suelo. No calculo bien y me las engancho por donde paso. Y, para rematar, no me veo los pies desde aquí arriba. Esta mañana, me han tenido que avisar las compañeras de la oficina de que me había puesto dos zapatos de distinto color. Paso unas vergüenzas que pa qué te cuento…
- No, si todo son ventajas, ya veo…
- Y porque no he empezado con la sección “ropa”, que si me pongo a largar por esta boquita, te echas a llorar…
- ¿Y eso?
- Pues porque no me vale nada. No entro en ninguna camisa y los jerséis se me quedan como “estallados” en la zona ecuatorial, no sé si se me entiende…
- Perfectamente, cielo, perfectamente… ¿y qué solución le ves?
- Pues teniendo en cuenta que me he dejado los ahorros en la mesa de operaciones y, por tanto, ni soñar con renovar mi armario, pues tendré que buscar alternativas de bajo coste.
- ¿Por ejemplo?
- Chica, no sé… meterle un añadido en la axila o ponerle unos broches donde se me haga el agujero, pero algo tendré que inventar… y luego está el problema de los malabares...
- ¿Para llegar a fin de mes?
- ¡Qué va! ¡Para no dejarme los morros en la gravilla! Porque voy desequilibrada por el sobrepeso delantero y tiendo a frenar con los dientes cada vez que me esmorro… ¡una gloria, esto de operarse!
Visto lo cual, no hago más que repetir al viento: “Virgencita, Virgencita, que me quede como estaba”…



