
Odio cuando me lo hacen a mí.
Y voy yo, y se lo hago a otro…
Estaba con las amigas en un restaurante italiano, compartiendo mis gnocchi all’arrabiata tan ricamente, cuando Paqui, como si despegara de Cabo Cañaveral, se levanta a propulsión y, sujetándose el pantalón hacia arriba, por aquello de disimular las ganas, nos pregunta:
- ¿Sabéis dónde está el baño?
- Sí, ven que yo te indico: ¿ves ese extintor rojo de ahí mismo? ¿El que asoma sobre la quinta mesa de la izquierda, según miras desde la entrada, antes de llegar al pasillo?
- Hmmm… sí, lo veo, ya lo veo.
- Bien, pues ahí, no es. Es justo al otro lado. Tú tira la diagonal perfecta desde el extintor y ya, si eso, allí preguntas…
Y sin darme cuenta. ¡Es que lo he hecho sin darme cuenta! De hecho, todas las demás han seguido comiendo y lo han visto como lo más “normal”. ¿Es que no sabemos ser concisas, que tenemos que usar mil circunloquios para llegar a lo que queremos expresar?
Como cuando estás apretujada en el bar de moda y te dice tu amiga:
- ¿Has visto al buenorro de ahí?
- Pues no… ¡dime dónde, dime dónde!
- A ver…. ¿ves al calvo con camisa de tirantes? ¿Ese al que le brilla la cabeza como una bola de billar untada de margarina? ¿El que lleva dos horas pidiendo un cubata y la camarera como si oye llover? ¿Lo ves? ¿Lo ves?
- Hmmm sí… como pa no verlo…
- Bien. Pues ese no digo. Digo el alto con pantalón chino y camiseta pegadita que está justo al otro lado de la barra…
Joder, si es que somos masocas. ¿Pa qué preguntamos, si es mejor guiarse por el instinto, como los perros?
Como tenga que llegar a algún sitio valiéndome de las explicaciones de mis amigas, voy dada… Fijo que acabo en la otra punta de la ciudad, que es la forma más fácil de atinar, por cierto, porque si desde ahí tiro la línea imaginaria que separaría la ciudad en dos mitades siamesas, doy con el punto exacto… ¡Manda huevos!
Y, encima, por rematar la jugada, cuando Paqui vuelve del baño, me permito preguntarle:
- ¿Qué? ¿Lo has encontrado?
- Sí, sí, ya me ha indicado el camarero, gracias.
¿Gracias? ¡Si lo que tendrías que hacer es darme dos collejas, hija, Paqui, que de buena que eres pareces tonta! ¡Da gracias por no haberte meado en los pantalones, porque si es por mis indicaciones, no lo cuentas!
De verdad que esto no es maldad femenina, ¿eh? Que, al menos en mi cuadrilla, lo practicamos todas.
No como los tíos:
- Oye, Fulanito, ¿sabes dónde queda la calle Bailén?
- Ehhh…. a verrrr…. la calle Bailénnnn…. Pregúntale a la vieja esa, que tiene pinta de saberlo…
Y voy yo, y se lo hago a otro…
Estaba con las amigas en un restaurante italiano, compartiendo mis gnocchi all’arrabiata tan ricamente, cuando Paqui, como si despegara de Cabo Cañaveral, se levanta a propulsión y, sujetándose el pantalón hacia arriba, por aquello de disimular las ganas, nos pregunta:
- ¿Sabéis dónde está el baño?
- Sí, ven que yo te indico: ¿ves ese extintor rojo de ahí mismo? ¿El que asoma sobre la quinta mesa de la izquierda, según miras desde la entrada, antes de llegar al pasillo?
- Hmmm… sí, lo veo, ya lo veo.
- Bien, pues ahí, no es. Es justo al otro lado. Tú tira la diagonal perfecta desde el extintor y ya, si eso, allí preguntas…
Y sin darme cuenta. ¡Es que lo he hecho sin darme cuenta! De hecho, todas las demás han seguido comiendo y lo han visto como lo más “normal”. ¿Es que no sabemos ser concisas, que tenemos que usar mil circunloquios para llegar a lo que queremos expresar?
Como cuando estás apretujada en el bar de moda y te dice tu amiga:
- ¿Has visto al buenorro de ahí?
- Pues no… ¡dime dónde, dime dónde!
- A ver…. ¿ves al calvo con camisa de tirantes? ¿Ese al que le brilla la cabeza como una bola de billar untada de margarina? ¿El que lleva dos horas pidiendo un cubata y la camarera como si oye llover? ¿Lo ves? ¿Lo ves?
- Hmmm sí… como pa no verlo…
- Bien. Pues ese no digo. Digo el alto con pantalón chino y camiseta pegadita que está justo al otro lado de la barra…
Joder, si es que somos masocas. ¿Pa qué preguntamos, si es mejor guiarse por el instinto, como los perros?
Como tenga que llegar a algún sitio valiéndome de las explicaciones de mis amigas, voy dada… Fijo que acabo en la otra punta de la ciudad, que es la forma más fácil de atinar, por cierto, porque si desde ahí tiro la línea imaginaria que separaría la ciudad en dos mitades siamesas, doy con el punto exacto… ¡Manda huevos!
Y, encima, por rematar la jugada, cuando Paqui vuelve del baño, me permito preguntarle:
- ¿Qué? ¿Lo has encontrado?
- Sí, sí, ya me ha indicado el camarero, gracias.
¿Gracias? ¡Si lo que tendrías que hacer es darme dos collejas, hija, Paqui, que de buena que eres pareces tonta! ¡Da gracias por no haberte meado en los pantalones, porque si es por mis indicaciones, no lo cuentas!
De verdad que esto no es maldad femenina, ¿eh? Que, al menos en mi cuadrilla, lo practicamos todas.
No como los tíos:
- Oye, Fulanito, ¿sabes dónde queda la calle Bailén?
- Ehhh…. a verrrr…. la calle Bailénnnn…. Pregúntale a la vieja esa, que tiene pinta de saberlo…
O mismamente:
- Sutanito, ¿dónde dices que me has metido las gafas de ver?
- No.
- ¿No qué?
- Que ni puta idea. Fin del mensaje.
Lo que yo te digo: eso es optimizar recursos y no gastar saliva inútilmente.
- Sutanito, ¿dónde dices que me has metido las gafas de ver?
- No.
- ¿No qué?
- Que ni puta idea. Fin del mensaje.
Lo que yo te digo: eso es optimizar recursos y no gastar saliva inútilmente.