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domingo, 13 de junio de 2010

¿Príncipe o mendigo?

Ahora resulta que para dar limosna tienes que pedir presupuesto.

Hay un viejillo orondo en la calle peatonal donde se encuentra mi oficina que, cuando pasas a su lado, te suelta:

- ¿Me das 80 céntimos?

No “dame algo”, ni tan siquiera “llevas suelto” o “me faltan unos céntimos para el billete de autobús”. ¡Qué va! Él ha establecido su tarifa y, si quieres calmar tu conciencia, tienes que ceñirte a la cantidad fijada.

Con esto de la crisis, se ve que hay una tarifa mínima de limosna y yo sin enterarme.

Atrás quedó el famoso “tienes un durillo” o el salao “anda, dame pa vino y pa droga”. Ahora, o le das el coste del aperitivo, o no cuela. Debe ser que 80 céntimos es lo que vale un chato, un zurito o un marianito. No tengo ni idea. Pero si le das, por ejemplo, 50 céntimos (comprobado) te los echa a la cara y te dice que él no se levanta por menos de 80. ¡Y encima te insulta, llamándote “rata” sin miramientos!


¡Joder con el mendigo! ¡Ni que fuera un broker venido a menos! A este paso, de 80 en 80, se saca el Ferrari, el tío!

Y debe ganar más que yo al mes, porque está gordo-regordo y va hecho un pincel. Lo cierto es que se ha buscado una esquinita muy buena, ya que, al estar en la confluencia de dos calles peatonales muy comerciales, la gente sale de las tiendas cargadita de bolsas y se apiada del “gordito gruñón”. Así que se le ha subido el ego hasta la estratosfera y se permite elegir a sus clientes. Si te ve malas pintas, ni te mira. Si te ve toda mona, colgada de tu bolso de imitación, te sale con la cantinela de los 80 céntimos. Vamos, que es un indigente muy señorito con las ideas muy claras.

No te creas que se pone a las puertas del Burger King, ni a la salida de Misa. No, no.

Se planta frente a los Bancos o junto a las tiendas de marca, que debe ser donde abundan los incautos con las conciencias más sucias. Y a pedir, que son dos días.

Ayer me pareció ver a un señor aflojándole lo que tenía pinta de ser un billete de 10 euros. ¿Y sabéis qué hizo el pedigüeño? ¡Le dijo que a ver si no tenía mejor uno de 20, que tenía que pagarse la hipoteca! ¡Habrase visto el caradura! ¡No le dio ni las gracias!

Cualquier día, me planto con los niños en la calle y así me saco pa las extraescolares… ¿Pues no me ha convencido el tío de que ésta es una profesión como otra cualquiera? Se tiene por algo parecido a un “limpiador de conciencias”: cubre la necesidad social de “ser caritativo con el pobre” y cobra por ello. Es un servicio más que ofrece a los transeúntes con remordimientos.

Sólo nos falta que se haya visto el vídeo de Manolo Lama y acabe pidiendo VISAs y móviles, “como los del mendigo de la tele”, porque está en un plan desvergonzado de asustar.

Al tiempo…

jueves, 18 de marzo de 2010

Abuelitas suicidas

Menudo susto me he llevado esta tarde. Estábamos un grupillo de peatones esperando cívicamente en el semáforo cuando, de pronto y como salida de la nada, una abuelilla se ha puesto a trazar la diagonal perfecta de dos calles perpendiculares. Lo que los de ciencias llamáis “la hipotenusa”, vaya.

Se ha hecho un silencio absoluto. Todos mirábamos extasiados, como si fuera el mismísimo Neox sorteado las balas en The Matrix. En ese momento, la abuela (que iba a su ritmo, comprenderéis) ha parado sobre una alcantarilla que hay en la mitad del recorrido, es decir, en la confluencia de los cuatro tramos de carretera. Sí, sí, ¡se ha parado en seco! Como quien grita "casa" en el juego de La Oca. Y, allí mismo, ha esperado.

Entonces, todos hemos girado los ojos hacia una furgoneta verde que venía a toda leche contra ella. La abuela, no sé cómo, se ha percatado a tiempo que el impacto le venía por la izquierda y ha optado por un quiebro-caderil en sentido opuesto que le ha hecho librar el espejo retrovisor por escasos 3 milímetros.

Como es lógico, se ha llevado una pitada monumental, pero, a la vez, todos los peatones, que permanecíamos paralizados en el bordillo, hemos empezado a vitorearle y a hacerle la ola. Ella se ha venido arriba y, cachava al aire, ha vociferado aquello de "gamberroooo", como si fuera un soldado japonés gritando banzaaaiii.

Como os lo cuento. De no creer. Es que, si me pinchan en ese momento, de verdad que no sangro. Ha sido un chutazo de adrenalina increíble. Ahí estaba yo, con mis endorfinas a flor de piel, esperando a ver cómo salía de aquella la abuelita.

Detrás de la furgoneta venía un motorista que, descolocado por la situación y sin capacidad alguna de reacción, se ha comido, literalmente, el macetero-tamaño-abrevadero que puso el Ayuntamiento pegadito al bordillo para evitar que la gente (justamente) cruzara en diagonal. No veas cómo tenía la moto: llenita de geranios y siemprevivas. Pobrecito mío. Pa mí que estaba en shock, porque le hemos levantado entre varios y sólo preguntaba "dónde está la vieja, dónde está la viejaaa". Nosotros le decíamos que se tranquilizara, que la abuela estaba bien, que no sufriera por ella. Pero cuando ha recuperado el color, nos ha aclarado su preocupación: "dónde está la vieja... que la matoooo", chillaba como un esquizofrénico cualquiera. Han tenido que reducirle entre cuatro para minimizar posibles desgracias.

La abuela le miraba indignada, porque ella insistía en que aquello era un paso de cebra desde los tiempos de Maricastaña y que ella no tenía la culpa de que los jóvenes no conocieran las normas cívicas más básicas. La señora haciendo amigos... Total, que el chaval se ha largado arrastrando la moto arañada como ha podido y la abuelita ha continuado por la acera bicolor, pisando sobre los baldosines amarillos y evitando los grises, canturreando aquello de "Vamos a ver al Mago, al mágico Mago de Ooooozzz"...


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