
Ya empezamos a organizar las Navidades familiares y me “huelo” los malos rollos desde aquí.
Como cada año, nos hemos ofrecido (mi santo y la menda) a llevar lo que nos corresponda para la cena de Nochevieja.
Y nos ha tocado llevar la bebida.
Ya podría haberme correspondido la sopa (que no es por nada, pero me sale bastante mejor que la que trae la cuñada de mi primo, que pa mí que es descongelada, por otro lado, porque ese sabor tan intensísimo que tienen las gambas no es ni medio-normal), o los entrantes (que estoy hasta el gorro de los embutidos resecotes que pone mi tía desde tiempos inmemoriales) incluso, la merluza en salsa (que me queda de cine, que me lo dicen todos…), o el salmón, mismamente (para ahorrarnos esas láminas marinadas incomibles que traen mis primas desde la mismísima Escandinavia –dicen- y que cada año provocan dos o tres diarreas al azar entre los miembros de esta, mi familia). Con que me hubieran tocado las uvas, me habría dado con un canto en los dientes. Mucho mejor que intentar pasar esas bolas verdes y amargas que trae mi madre del pueblo y que, asegura, son de “cultivo ecológico”, sin conservantes ni colorantes (si los pesticidas consiguen ablandarlas, ¡por mí que los echen por litros!).
Pues no. Tienen que ser las bebidas.
Con lo mal que se me da a mí calcular las cantidades que se ingieren en estas circunstancias y los grados etílicos que aguanta cada uno…
El año pasado, por aquello de la crisis, decidí que lo mejor era pasar del champán, que es una costumbre un tanto carca y snob, y centrarnos en la sidra El Gaitero, que nunca te falla y da un toque de vidilla y alegría a toda reunión que se precie. Además, con eso de que es “famosa en el mundo entero”, pensaba yo, menudo puntazo me estoy cascando… Por no parecer una “husmias”, arrimé al grupo un par de cajas de txakolí, tan apañado para el cocktail de bienvenida y muy de nuestra tierra.
Bien.
Pues fue entrar por la puerta con mis botellas y empezar a aguantar la cantinela de todos los convocados: que si “menuda cutrada”, que “a ver si por empezar el año bebiendo ese pis carbontado nos van a lanzar las siete plagas y nuestra suerte va a caer en picado”, que “hay que ver, lo que se gasta en esta santa casa en turrón y polvorones y, en cambio, en alcohol, andamos a la pela”, etc, etc…
El caso es que no quedó ni una gota. Se lo bebieron todo.
Y, por los cánticos de madrugada, me atrevería a jurar, incluso, que de buena gana.
Así que este año, repetimos.
Con lo bien que habría quedado presentándome con mi mero con gulas en salsa verde o mi pularda rellena de setas en su jugo… pero no: este año, por mis muertos que vamos a brindar con anís “El Mono”. Porque total, por muy soeces que se pongan, se lo van a beber igual...
Salvo que me toque la lotería, claro.
En ese caso, me liaría la manta a la cabeza y desabastecería de Moët al Carrefour.
Pero tranquilos, que este año tampoco me va a tocar el premio del calvo (¿sigue el calvo repartiendo boletos o se ha pasado a las papelinas?). Así que seguiré buscando los chollos del LIDL, a ver si veo un anís apañao o un clarete que no dé mucho ardor y cubro el expediente.
¿No quieren alcohol?
Pues toma alcohol. Sin destilar te lo pongo.
Para que el año que viene me vuelvas a encargar las bebidas.
¡Avispao!