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martes, 15 de junio de 2010

El arbusto que se mueve


Un plácido domingo cualquiera, sentada en el jardín de mis padres al sol que más calienta, con los pantalones arremangaos por aquello de coger tono en las pantorrillas y las mangas de la camiseta sujetas por la tira del sujetador…

Viene mi hija corre-que-te-corre asustada y descolocada:

- Mami, que tenemos un arbusto al final del jardín que se mueve.
- Ay, hija, no digas bobadas y vete a jugar con tus primas, que mamá está muy ocupada en este momento.
- Mami, es que tengo un poco de miedo… sólo un poco, ¿eh?
- ¿Pero qué vas a tener miedo tú, con tus siete añazos?
- Sí, mamá, es que se mueve mucho.
- Mira, que no me tomes el pelo, que no hay ni pizca de brisa para que se muevan ni las hojas, ¿no ves los árboles, que parecen en coma?
- Mami, te digo que se mueve y, como no vengas, se lo digo a la abuela.
- A veeeerrrr, ya vooooyyyyy…. (con tal de no oír a mi madre…)

Un erizo. Se nos ha colado un erizo de unos 40 centímetros de largo y el perro ni se ha inmutado. Es igualito que el del anuncio de la tele. Estoy por cogerlo en alto y gritar aquello de “Azumaweyyyy”. Pero claro, el bicho no se deja ni rozar. Le hemos dado con un palito y se ha hecho una bola, tipo “Nanas”, y es cierto, da todo el pego: podría pasar por un arbusto redondito, como bien decía mi hija.

Un momento, un momento…déjame que lo piense bien… ¿desde cuándo un erizo puede trepar una tapia de piedra de 2 metros de altura y medio metro de grosor? Aquí va a haber gato encerrado… esto nos lo han lanzado los vecinos en plan jabalina, ¡me juego la merienda!

A ver ahora qué hacemos con el bicho, que lo mismo lleva viviendo en el jardín, en plan “okupa”, desde los tiempos de Maricastaña. Y el perro “guardián” este, pasando del animal totalmente, ni se ha acercado a olisquearlo siquiera…. ¡Pues menudo segurata de pacotilla estás tú hecho, machote!

Así que ya tenemos el drama montado: mi padre, que quiere tirarlo por la tapia y devolvérselo al supuesto dueño; mi madre que dice que es ella o el erizo, que no piensa alimentar a más seres vivos; mis hijos que si “mételo en una jaula, mami, que nos lo llevamos a casa”; y la menda que nanainas, que bastante tengo ya con los 8 peces de la niña, que no se me mueren ni a tiros.

Solución: le he sacado una foto con el móvil y se la he mandado al veterinario a ver lo que me cuenta. Me dice que es un “erizo Mediterráneo” y que está prohibido tenerlos en cautividad, bajo pena de multa y todo. ¡Bien! Ahora el malo de la película es el veterinario, que les ha fastidiado la mascota a los niños.

La duda que me surge es: ¿un erizo Mediterráneo? ¿En pleno Cantábrico? ¡Pues sí que ha viajado el tío!!! ¡Debe llevar 6 años recorriendo la Península para llegar a casa de mis padres! ¡Lo mismo estaba haciendo el Camino de Santiago y se ha perdido!

- ¡Eso de la multa no me lo creo!- grita mi padre con las manos en alto.
- Pues se lo dices al veterinario, que es el que sabe- le espeto yo lavándome las manos.
- ¡Pero si a mí me ha aparecido él solito en el jardín! ¿Qué culpa tengo yo?
- A ver, papá, que ese tipo de excusas no le valen a la Autoridad, bien lo sabes tú. Es como si alegas que se te ha "caído" una pularda real en la cazuela o que un lince ibérico se te ha colado en el balcón y se ha atado "él solito" una cadena al pescuezo. NO CUELA.

En fin, el caso es que hay que llevarlo a un centro de acogida. Ya, ya… eso se dice muy fácil, pero a ver quién es el guapo que lo atrapa, yo paso de acabar con las manos en carne viva por culpa de un cactus con patas cabreao como una mona… Pues nada, agarramos la pala, lo metemos en una caja de zapatos y a buscar un centro de esos, ya verás qué risas.

Pues nos ha costado tres días encontrarlo de nuevo. No sé qué tipo de poderes tiene la fiera, pero ha conseguido darnos esquinazo desde el domingo. No había forma de dar con él, porque se ha debido mimetizar con la hojarasca. Menos mal que el niño se fija en todo y le ha parecido raro que la tapia intentara saltar los gladiolos de la abuela. Total, que lo hemos llevado a un centro que estaba a 25 kilómetros de distancia y ahí se ha quedado, con el consiguiente disgusto de mis hijos, que se han despedido de él a lágrima viva, como si estuvieran abandonando a su suerte a un tercer hermano imaginario en la casita de la bruja.

A ver qué me invento para levantarles el ánimo, porque está mi casa que parece un camposanto. Me da que esto no lo arreglo ni con doble ración de chuches…

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