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miércoles, 22 de junio de 2011

Trabajos inútiles de la humanidad (II parte)

(Podéis ver aquí la I parte)

Con la que está cayendo y todavía hay quien mantiene el sentido del humor (y el puesto de trabajo).

Me río por no llorar, claro...

- Abrir las bolsas de plástico del Sánchez Romero: es el supermercado más pijo de entre todos los supermercados pijos. Vamos, el no-va-más. Se permiten cobrarte la barra de pan a precio de salmón y una bandejita de boquerones te puede costar tanto como un kilo de solomillo en el Carrefour. Ahora bien, al cliente lo miman. Diría incluso que lo malcrían. Porque a ver si es muy normal que, junto a la cajera que te acepta la Visa con la misma soltura que Jackie Chan reparte mandobles, tengan una persona dedicada en cuerpo y alma a abrirte la bolsa y colocarte las compras de forma ordenada y por colores. ¡Que te sientes como un lisiado, leches! Pocas veces he entrado, pero siempre acabo mal con el “bolsero” de turno. Que si mueve los yogures pallá, que me los revientas con la botella de Coca-cola, que si aparta los huevos acullá, no ves que les has puesto encima las latas de espárragos… un sin Dios, la verdad. Debe de ser frustrante para esta pobre gente que todas las abuelas del barrio les golpeen en los nudillos, en plan “aparta tus manazas de mi comida, que yo me organizo sola”. He oído cada cosa… pues eso, que no es por cargarme puestos y puestos de trabajo, pero ¿no podrían buscarles una ocupación más digna y entretenida, eh? Pues se ve que no…

- “Conductores” de ascensor: no les veo el sentido. Todavía hay hoteles y edificios antiguos con este servicio. Si los bolseros del Sánchez Romero me hacen sentir una inútil, con estos directamente rayo el encefalograma plano. Menuda vida, sube y baja-baja y sube, calladito y sin mover ni las pestañas. Dándole a los botones por toda diversión. Aguantando en ese cubil los perfumes concentrados de las señoras o las batallitas de la mili de los abuelos-cebolletas. Mal pagado, me juego la merienda.

- Y luego ya tenemos a este señor:


Que me parece (pobre) el súmmum de la esterilidad.

A ver, majete, si lo que tú haces es capaz de hacerlo un cartón, con su carita pintada y sus sombras bien dadas, ¿tú qué pintas en este cuadro?

Ah, pero no. Él es un mandado. Su superior le ha encomendado la graciosa tarea de dejarse rodear por una familia de conos naranjas y él lo borda. Su mujer le plancha el traje cada noche y le abrillanta los tirantes fluorescentes. Por la mañana, acude a su esquina hecho un figurín y se considera un privilegiado, porque a su primo le tocó empujar a los gordos del metro para conseguir que entren como un kilo-sardinillas en una latilla-escabeche y eso sí que es sufrir y acabar con los dedos agarrotaos.

Si yo creo que hasta se le está quedando cara de panoli…

- Y, si pensabas que lo habías visto todo, espera a encontrarte con este listo-relisto:


Este juega con lo más íntimo.
Te ataca en la línea de flotación del orgullo herido y los complejos más enraizados.

¿Cómo? ¿Que nunca te han escrito una poesía?
¿Es posible que no te hayan enviado jamás unos versos inspirados en tus ojos de zafiro y tus andares briosos?

Pues no temas, que “el poeta consagrado” acude veloz en tu ayuda.
Por un módico precio, claro...

Me pregunto cuántas rimas consonantes habrá escrito este en los últimos años…




jueves, 24 de marzo de 2011

Empleos inútiles de la Humanidad (I parte)


Hay trabajos que me desconciertan.

Y no me refiero a la maquilladora de la Esteban, al peluquero de Kiko Matamoros o a un sexador de pollos (siempre he querido meter esta frase en un post y no encontraba el momento propicio, mira tú qué suerte he tenido...)
Para nada.

Estoy hablando de empleos ridículos, inútiles o prescindibles, directamente.
Porque a ver si es muy normal que haya gente que se dedique a “calentar camas de hotel”, sin ser el cliente que paga por la habitación, se sobreentiende.

Pues sí. Resulta que hay un hotel de Londres que ofrece este servicio exquisito a sus huéspedes. Usted no tiene que preocuparse por la hora de llegada, las inclemencias del tiempo o el sistema de climatización: su cama estará siempre calentita.
¿Y todo gracias a quién? Pues a un gachó contratado por el establecimiento que se dedicará a cubrir su catre durante las horas previas a su llegada, ayudado por un traje térmico, eso sí, para que a su señora no le dé frío la colcha y pueda dormir sin calcetos en las frías noches londinenses. Todo un lujo.

Me encantaría conocer a este pavo.
Tiene que ser un cachondo mental de aúpa…

Me lo imagino chuleándose ante los colegas:

- ¿Y tú en qué curras?
- Yo me tiro a la bartola.
- ¿Que te tiras a quién?
- Nonono, quiero decir que me tumbo en una cama hasta que llega el pringao que paga por ella y así se la dejo fetén. Calentita-calentita.
- Me estás tomando el pelo, ¿verdad?
- Para nada. Si quieres, voy a tu casa mañana y, por un módico precio, le caliento la cama a tu señora. Ya verás qué contenta se queda…

Aunque el pobre habrá recibido candela más de una vez, porque este tipo de ofrecimientos no siempre son bien recibidos, pero bueno…


En el otro extremo, el de la plena actividad física, tenemos a las señoras que pasan el cepillo en Misa.

Siempre son del mismo tipo: rondando los sesenta (lustro arriba o abajo), con zapato cómodo de suela de goma (para no derrapar frente a la Sacristía o en la curva cerrada del Baptisterio), falda a media caña, chaquetita de punto monocolor y pelo corto un tanto monjil.
Vamos, el colmo de la lujuria.

Se dedican a pasar el cestillo entre los bancos los fines de semana y mandan a la prima para las funciones de los días laborables.

Cubren la doble sesión del domingo sin cansarse y tienen repartido el circuito de la Iglesia de forma precisa y quirúrgica. De modo que, si te estiras hacia la de las gafas porque la has visto cerca y resulta que tu banco le corresponde a la otra (suelen trabajar en pareja, al estilo Guardia civil, pero sin porra), te quitarán el cesto de delante ipso facto y te tocará aguantar las monedillas entre las manos un ratito más, hasta que tus dedos sudorosos huelan a cobre y ya no sepas qué hacer con los dichosos céntimos, si tragártelos, tirarlos bajo el banco o lanzarlos al aire como si fuera un Bautizo.

¿Cobrará esta gente por tan ímproba tarea?, me pregunto yo siempre.
Porque si no cobran… ¿para qué el esfuerzo?
¿Por amor al arte?
¿A Dios?
¿Al cura, quizás?
¿Aplica aquí la tan manida frase de “alguien tenía que hacerlo”?

Y ojo, que hay trabajos que ni sé (ni quiero saber) cómo se le han podido ocurrir a alguien, como el de “evaluador de aliento de perros” (¡puag!), “diseñadora de trajes para la Barbie” (como se entere mi hija, a la mierda los estudios), “el falso paciente” (conozco a varios), el “probador de comida canina” (¡puag puag!) o el “corrector de Sudokus” (¿pero esto no lo hacía una máquina?).

Sin embargo, entre todos ellos, destaca sin duda el que trae loco a mi amigo Segis, que dice que ha encontrado su misión vital: “medidor de pechos de modelos”.

Él insiste en que practica todo lo que puede para lograr la excelencia.

Yo intento hacerle ver que meter mano sin control a toda fémina que se le cruce en el Antro’s no es trabajar. Así tiene la cara, que parece una tahona de las leches que se lleva.

Pero él ni caso.
Erre que erre con que está haciendo “horas extras” y que no piensa claudicar.
Pues con su pan se lo coma.

Yo, mientras tanto, ya he mandado el currículum a tres hoteles, a ver si me sale lo de la cama y me paso el día durmiendo a la pata la llana.

Se me va a quedar un cutis, que ni con bótox…

miércoles, 24 de febrero de 2010

Me confieso...

Tomo el café siempre con leche y dos sacarinas, aunque me haya metido entre pecho y espalda medio cochinillo con un bol de patatas fritas para ayudar a pasarlo.

Ando descalza por casa, tanto en la propia como en la ajena, aunque sea pleno invierno y el termómetro marque 5 grados bajo cero. Y me planto el pijama nada más llegar, por eso odio las visitas sorpresa.

Tengo la manía de mirarme en todos los espejos con los que me cruzo. En plena calle, disimulo para que parezca que algo ha captado mi atención desde un escaparate cualquiera, pero lo que de verdad ocurre es que me he visto el peinado descolocado al mirar de refilón.

Desconfío del GPS, por eso acabo insultando a la tía que insiste en lo de “gire en ángulo plano” cuando me he pasado ya tres calles y no sabe cómo hacerme dar la vuelta. Además, odio conducir y lo peor es que no me queda otra. Mis hijos todavía son muy pequeños para colgarles el marrón y mi “santo” no acaba de decidirse a dar el paso y, esta vez sí, no sólo pagar sino acudir a las clases de la autoescuela.

Me encanta echar horas frente al portátil navegando hasta las mil y ver, por quincuagésima vez, la versión de la BBC de Orgullo y Prejuicio. Hmmmm ese estirado de Mr. Darcy mirando por encima del hombro es tremendo!!!

Lloro con cualquier película, me da igual el género. A veces, a moco-tendido. También con algunas canciones o libros. Es algo inevitable para mí. Ya, ya sé que a veces queda ridículo, pero como digo siempre, soy "de lágrima fácil", qué le voy a hacer?

También soy una preguntona, lo reconozco. Necesito saberlo todo. A veces, me reprochan que me adelante, insisten en que si esperara a escuchar el relato entero, se me aclararían el 90% de las preguntas que mi mente va generando a medida que las palabras se posan en mi cerebro. Pero yo soy así. Impaciente por naturaleza. Mi familia siempre me dice: “quieres saber más de lo que hay”. Pues sí, qué pasa? Quiero saber más, porque eso de que “la información es poder” se me quedó grabadito en la cabeza desde bien pequeña.

Me encanta la coca-cola light, mejor si es sin burbujas. No muevo un dedo por una onza de chocolate, pero si me la cambias por un donut, me alegras el día. El agua, siempre del grifo. La ropa, preferiblemente, de color negro. No dicen que adelgaza? Pues por eso... Odio los cuerpos Danone en la playa y los bichos-palo en las pasarelas. Me ponen enferma los que escriben comiéndose las letras, en plan "klega, kdmos sta noxe dde smpre???". Especialmente cuando les da por mandar mensajitos ridículos a la tele y tienes que aguantar a JJ Santos con un letrero debajo que pone "maripepi t kiero 1webbo".

No soporto el rap, el hip hop ni cualquiera de esos "ritmos urbanos" que se han inventado, me temo, para tapar la falta de voz del intérprete en cuestión. Tampoco las pelis de "mamporros", ni las de coches/motos/aviones... esto no aplica en el caso de Top Gun, por supuesto, por algo se dice que la excepción confirma la regla.

No me invites a un spa, ni al gimnasio, ni a un concierto de Björk, ni al ballet... ver a tíos en mallas me produce escalofríos. Sin embargo, me puedes llevar a cualquier musical, obra de teatro o película con final feliz.

Odio a los payasos. No entiendo su oficio. Me dan mal rollo y me inspiran desconfianza. Tanta como hacer puenting, rafting o cualquier otro deporte de riesgo. Y cada año vuelvo a ver Dirty Dancing y me vuelvo a preguntar qué tipo de sustancia tomaba con 15 años para considerarla una obra de arte y no el bodrio lacrimógeno y sinsustancia que es realmente.

Esta soy yo. La auténtica. Sin colorantes ni conservantes.
Soy rara, doctor???

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