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lunes, 20 de septiembre de 2010

Una serie de catastróficas desdichas


Imaginadme: parada al sol, cual estatua de bronce, en pleno semáforo (de esos que tardan una eternidad y media en ponerse en verde-para-peatones), sola y aburrida.

De pronto, un hombre de paso tranquilo se pone a cruzar en rojo (lo cierto es que no venía ningún coche) y viene, viene, se acerca, está encima… y plofff, leche que se mete contra la menda.

Le calculo yo unos… ¿diez metros?, sí, unos diez metros de paso de cebra para atinar con el hueco. Pues no. Él, directo contra la cívica. Y eso que iba mirando, casi como provocando.

Y no: no llevaba bastoncito plegable. Ni siquiera unas gafas de sol oscuras.
Iba con la cabeza bien levantada, con la mirada orgullosa y sin ningún síntoma de embriaguez.

Si llego a ser un poste, me deja los dientes clavados en la pechuga. Suerte que una está acolchada por los desmanes calóricos de estas vacaciones…

Me he quedado tan perpleja que no he abierto la boca.
Me he limitado a frotarme el codo, antebrazo y demás zonas doloridas, antes de comprobar que no me había birlado la cartera, claro (que una es desconfiada por naturaleza). La gente que esperaba en la acera opuesta se ha puesto a chillarle todo lo que les llegaba a la boca: que si menudo desconsiderado, que si a ver si estaba ciego, que si pobre chiquilla que no se ha metido con nadie… pero él ha seguido su camino sin inmutarse, como en su mundo…

¿Un colgado? ¿Un autista? ¿Un simple maleducado? ¿Todo a la vez?

En fin, voy al bar a desayunar y me entretengo con el periódico.

Leo en la prensa:

Un campesino cubano sobrevive a cinco impactos de rayo en nueve años

Ehh… buen hombre, ¿no cree que ha llegado la hora de revisar bien si tiene usted algún clavo, placa o pieza metálica, del tipo que sea, incrustada “sin querer” en alguna parte de su anatomía?

¿No le parece extraño que sea siempre usted el que hace de pararrayos de su pueblo?

¿Cuántas veces más tiene que tocarle la china para hacerse cargo de que quizá (y sólo quizá) debería transitar por el campo cubierto por algún tipo de campana protectora si quiere seguir celebrando cumpleaños?

Creo que estoy imantado”, insinúa el hombrecillo.
Nos ha jodido. Imantado no, tú eres el mismísimo IronMan!!!
A ver si van a ser los empastes de las muelas…

Dice que parece que su cuerpo se va acostumbrando a las descargas y que “las últimas ya no me afectan tanto como las primeras”. Hombre por favor… ¡si todavía le va a coger gustillo a la descarga!

Un momento, un momento… ¿será eso lo que le pasaba al señor que se ha dejado las babas en mi camisa? ¿Le habría partido un rayo en el semáforo anterior y por eso no daba pie con bola?
Tengo que darle un par de vueltas a esta conclusión…

Un bebé cae de un tercer piso y sobrevive gracias al pañal

¡Menudo susto! Da gracias que tus padres son unos guarros y llevaban dos días sin quitarte la mierda del culo, porque si no, no lo cuentas.

Si es que a veces nos pasamos con la higiene, que te lo digo yo…

Espera, espera, que no es eso… que el pañal se quedó enganchado en una verja que le permitió, al romperse parcialmente el dodotis, ir resbalando hasta el suelo a una velocidad suficiente para librarse del impacto.

Y yo pensando que se trataba de algún pañal-paracaídas que habían inventado…

Pide cita con una prostituta y le aparece su hija

Y yo me pregunto… en estos casos, ¿le haces precio o le cobras la mundial?

Tiene que ser tremendo… tanto que al pobre hombre le dio un jamacuco y acabó en el hospital con un ataque al corazón del que se recupera favorablemente, (añado yo) gracias a los “hábiles” cuidados de su hija, que no se separa de su cama… je, je… si no fuera un drama familiar, me hincharía a ponerles adjetivos, pero lo voy a dejar ahí por no ser (más) hiriente…

Muere golpeada por un excremento canino

¿Pero qué había comido el perro? ¿Piedras? ¿Barras de metal? ¿Un bate de béisbol?
Pues resulta que la cosa es más sencilla. Bueno, sencilla, sencillaaa… tampoco te creas...

Al dueño (un sueco cualquiera) no se le ocurrió otra cosa que irse a pasear al San Bernardo por la azotea de su edificio, que todos sabemos el frío que hace en Suecia y cómo resbala la acera.

El bicho (bien adiestrado, por cierto), sacó el muslamen por la barandilla y se puso a hacer sus necesidades, con tan mala fortuna que éstas se congelaron en plena caída y acabaron en la cabeza de una pobre anciana que pasaba por allí, ajena al funesto desenlace vital que la naturaleza le tenía preparado.

Los herederos han denunciado al dueño del can, que está estreñido desde entonces (el perro, no el dueño) del disgusto.

Puestos a elegir, prefiero que me caiga un rayo, jatetú

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