
Y, para los que os hayáis quedado ojipláticos, os comento: no, no es que tenga alma de músico frustrado, ni dedos regordetes que muestren mi falta de armonía y agilidad para tocar “los pajaritos” mejor que la mismísima Mª Jesús (la del acordeón, se entiende). Ni siquiera se refieren a que haya perdido fuelle con los años, aunque por ahí va la cosa, ni a que haya contraído ninguna fiebre tropical contagiada por un mosquito trompetero que se equivocó de instrumento…
En buena hora se nos ocurrió quedar con mi amiga Laura y su jefe a comer.
Porque Laura trabaja en una clínica de estética (también conocida como “de kilómetro cero”) y su jefe tiene la deformación profesional de llevarse el ojo clínico y la mala-baba a cualquier reunión de felices-de-la-vida. Y te hunde en la miseria, claro.
Si ya me lo decía mi madre: “no preguntes lo que no quieras saber”.
Ya, mamá, ya...
Pero es que una (es decir, yo) es muy burra y se cree que las cosas no van con ella (o sea, conmigo, no os perdáis) y deja volar su incontinencia verbal hasta que alguien (me refiero al médico simpático, ¿estáis ubicados?), allí arriba, como en la estratosfera, le corta las alas sin anestesia, con su correspondiente guarrazo contra el asfalto.
No falla. Es la historia de mi vida…
Ahí estaba yo, viendo volar las dagas de comensal en comensal, escuchando frases como: “no, a ti lo que te pasa es que tienes marcas de acné que te han dejado la cara cual cráter” o, mismamente, “eso te lo arreglo yo con un poquito de hialurónico y quedas como nueva, no con esa sonrisa de abuela avinagrada que te gastas”, cuando de pronto, sin pensar y sin haber sido atacada previamente (que es lo grave del asunto, que parezco imbécil…) mi boca se ha lanzado al estrellato y ha soltado un “¿y yo? ¿y yooo?” que me ha sonado estúpido y temerario desde el mismo instante en que lo pronunciaba.
Pero ya era tarde. Muy tarde.
Esta persona (cuyo nombre no daré para que las incautas que se ponen en sus manos diariamente sufran, por solidaridad, lo que yo he sufrido) ha girado sus ojos en ángulo agudo, se ha cernido sobre mi persona y, sin un ápice de vergüenza, me ha espetado ante la concurrencia: “tú lo que tienes es el mal del acordeón”.
Toma ya. Ahí queda eso.
Tus cinco segundos de gloria espanzurrados en tu jeta.
Silencio absoluto en la sala.
Niña, súbete las bragas, que se te han caído del susto…
Os podéis imaginar el momentazo estelar: todo Dios buscando las teclas y botones en mi cara y abriendo la boca con sorpresa. Algunas de mis amigas, sin embargo, afirmaban con la cabeza en silencio. ¿Sabrán las muy zorras lo que es el mal del acordeón y nunca me lo han confesado?, me preguntaba yo para mis adentros. Ten amigas pa esto… Tanta confianza para decirte “no te pongas leggins, mejor usa pantalones anchitos, que se te marca la piel de naranja y la braga-toldo”, pero cuando se trata de la cara, no hay huevos, ¿eh?
Con más miedo que vergüenza, y sin quitar ojo al gurú del bótox que tenía frente a mí, he soltado al viento la pregunta que todos estaban esperando: “¿te importaría mucho explicarme con palabras simples qué cojones es el mal del acordeón?”
El hombrecillo, sin soltar la copa de vino blanco, me ha mirado fijamente y ha respondido con la superioridad que da saber que dispones en tu casa de todos los tratamientos estéticos pioneros y más vanguardistas del mundo y encima gratis: “Pues verás, tienes la frente como el fuelle de un acordeón. Como el soplador de una gaita. Como la bolsa de un bandoneón o los pliegues de una concertina. ¿Lo pillas o necesitas más ejemplos?"
¿Que si lo pillo, so mamonazo? ¡Ya lo creo que lo pillo!
¡Arsa tu grasia y tu mare, resalao!, que he tenido que poner la famosa poker-face de la Gaga y seguir comiendo como si aquello no fuera conmigo…
Pero es que, si le dejo seguir, ¡me saca a colación la orquesta entera!
Del susto, fíjate, juraría que se me ha alisado la zona del ceño ya pa siempre…
Es la última vez en mi vida que voy a comer con un médico de estética.
Son todos muy malas personas…
Nota mental: cambiar en la carta a los Reyes Magos la vaporera eléctrica de Magefesa por un tratamiento de choque anti-acordeón en el frontispicio, con resultados inmediatos y definitivos. De esta, me quedo con la frente estilo tambor de tripa-tensa por mis muertos. No creo que mi imagen pudiera soportar otro harakiri social de esta magnitud…






































