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jueves, 16 de junio de 2011

Se ha escrito un crimen

Anoche descubrí que mi hijo llevaba 3 noches sin dormir.

El caso es que yo ya le notaba la mirada apagadilla y los ojos como hundidos, pero pensé que se avecinaba un gripazo de campeonato y que ya le pondríamos remedio cuando el virus diera la cara.
Nada más lejos de la realidad.

Ayer, al acostarle, me pregunta todo serio:

- Mami, ¿en casa tenemos muñecas?
- Ehhh… ¿a qué tipo de muñecas te refieres, cariño?
- A cualquiera. Muñecas. De las de jugar…
- Bueno, tu hermana tiene muchas muñecas, estoy segura de que las conoces de sobra. ¿Te refieres a esas?
- No. Me refiero a las de cara “malvada”.
- Vale. Ahora sí que me estás preocupando. Dime qué es lo que te pasa, anda…
- Es que me ha dicho mi amiga Laura que en su casa hay una muñeca asesina que, por las noches, baja del altillo de los juguetes con una navajita en la mano y mata a gente.
- ¿Una muñeca asesina en casa de Laura? Tú sabes que eso es imposible, ¿verdad, cielo?
- Pero si dice Laura que ya ha matado a sus abuelos y que los siguientes van a ser sus padres…
- A ver, hasta donde yo sé, los abuelos de Laura siguen vivos. Los cuatro. De modo que te ha contado una trola de campeonato, hijo.
- Entonces… ¿es mentira?
- Una mentira como una casa.
- Menos mal… porque debajo de las sábanas toda la noche se pasa un calor…
- ¿Por eso tienes ojeras? ¿Porque te escondes bajo las mantas? No has dormido bien, ¿verdad?
- Es que, mami, ¿ves esa cosa oscura que asoma en la pared del pasillo?
- Ehhhh… ¿te refieres al espejo?
- No sé… desde mi cama parece un cuchillo…
- ¡Es el marco del espejo! Y un marco no te puede atacar, así que haz el favor de dormir tranquilo y olvidarte de las historias de Laurita, que mañana voy a hablar seriamente con su madre para que le lea la cartilla. Amoshombre…

Tendríais que ver a la tal Laurita.
Seria, con mirada desconfiada y ojerosa y un pelo renegrido largo hasta los omoplatos.
Tan pálida que, si las comparáramos, la niña de “El exorcista” parecería su prima de Nigeria. No os digo más…

Pero Laurita no estaba en el patio esta mañana.
Debe de andar incubando algo (no sé si una historia maquiavélica o un bacilo infeccioso) y su madre ha preferido dejarla en casa.
Cosa que han celebrado el resto de niñas de la clase, que se han puesto a dar palmas y a gritar “vivas” al viento, mientras correteaban alrededor de mi hijo.
Yo no entendía nada.

- Amparito, ¿qué ocurre? ¿Por qué chilláis así?- le he preguntado a la niña más entusiasta del grupo.
- Porque hoy podremos jugar con tu hijo.
- ¿Cómo dices? ¿Acaso no quiere jugar con vosotras el resto de días, o qué?
- Nooo… es por Laurita, que no nos deja acercarnos a él cuando ella está presente, porque dice que es suyo y de nadie más.

¡Tócate el gladiolo!
¡Mi pobre hijo agobiado por una psicópata infantil!
¿Será acaparadora y posesiva, la niñata esta?
¡Encima de no dejarle dormir, le está aislando socialmente!

En fin… Pensaba arreglarlo con una simple charleta con la criatura, pero se ve que el tema requiere un plan B. Me va a tocar llamar a la madre esta misma tarde.
A ver si por la vía humorística consigo algo, aunque cuando le casque que su hija se ha cargado a los abuelos valiéndose de una muñeca parricida, lo mismo no le hace puñetera gracia.

Os tendré al tanto…

martes, 14 de junio de 2011

Tierra trágame

Mi hija se ha hecho mayor.
Quiere un póster de Hannah Montana y otro de los Jonas Brothers.
Uno, para su cuarto.
El otro, para el baño. No me preguntéis a qué se debe esta manía. Deben de inspirarle para el tránsito intestinal, cosa que no me extraña en absoluto…

El caso es que me ofrezco voluntaria para encontrarle el capricho, ya que ha sacado muy buenas notas y así el regalo me sale "baratito".

Y aquí es cuando meto la moraleja por anticipado: os aviso, nunca compréis los pósters en la sección de papelería de “El Corte Inglés”.
Es un escándalo.

Vas tú, toda discreta, a elegir una foto bonita, cuidada y, se supone, (dado el precio) elegante y… ¿con qué te das de bruces? Pues con tetas operadas, jovencitas en bragas y conejitas playboy a tutiplén.
A ver si es de recibo…

La cosa fue más o menos así…

Plas plas replas plas plas (nos suenan ni nada los carteles estos enmarcados en metal, qué va…)
- A ver… este de Piolín… nada, nada, demasiado infantil. Otro.
Plas
- Este en cambio… de Tarta de fresa. Un empalago… Más.
Plas
- Hmmm… Justin Bieber. Mira, a este todavía no lo conoce. Menos mal… sigo…
Plas
- Ehhh… estoooo…así, tan gigante… ¿qué es? Espera, que lo miro bien. No consigo identificarlo… esta rayita que sube es… es… un pliegue, eso está claro,…de algo que parece que empieza más abajo… pero espera, porque empiezo a notar gente que se para a mi espalda y mira sobre mi hombro y… un momento, un momento, por Dios y por la Virgen… ¿pues no estoy mirando fijamente (y desde hace varios minutos, además) un culo bronceado, todo al aire, sin dueña que lo reclame? Porque… es un culo, ¿no? ¿O será un codo, como en el concurso aquel de la tele, que siempre que parecía un codo era un trasero? ¡Mi madre! ¿Será posible que vendan un culo de 1x2 metros junto a las fotos de las princesas Disney y el Correcaminos? ¿Es esto coherente?

Y ahí me tenéis. Colorada cual nécora recién cocida, intentando pasar sigilosamente al siguiente póster (sin conseguirlo, porque la mala-baba del que parió el invento del marco metálico de los pósters, insisto, es de juzgado de guardia) y metiendo la cabeza entre las fotos para que nadie me reconozca. Lo cual (por cierto), es peor. Porque antes sólo parecías una salida, pero al colocar la cabeza de forma estratégica entre los cachetes de un culo del tamaño de Texas has mostrado al mundo, de forma evidente, que, además, eres también una pervertida. Es lo que tiene la tensión del directo, que deja tu reputación a la altura del betún…

Plasplasplasplas… empiezo a pasar compulsivamente pancartas de:

- diversas partes del cuerpo humano (lo del culo es ya “pecata minuta”),
- tres jovencitas lamiendo una piruleta, mientras suben con dificultad por una escalera con sus minifaldas escocesas (es que chupar y escalar a la vez, tiene que ser complicado de cojones),
- Scooby Doo (ni lo miro, no vaya a estar haciendo algo raro con la niña gafotas y ya sea incapaz de volver a ver los dibujos),
- una guerrera tipo Xena, con su minúsculo taparrabos de piel de foca, una espada sujeta sobre la pelvis y los músculos encerados (sin comentarios),
- y Pitufo gruñón dándole un regalito a Pitufina bajo la atenta mirada de Gargamel, escondido entre las sombras.

Me reafirmo en lo dicho: esto es incoherente. Casi-casi surrealista.
¿La gente normal ya no compra pósters o qué?
¿Han quedado como un reducto para los depravados y viciosos y yo no me había enterado?

Pero lo peor sucede al llegar a casa (con las manos vacías, claro está).

- Mami, que me dice Maruchi que esta mañana te ha visto su madre y que ni la has saludado ni nada.
- Anda, hija, no me digas, qué despiste el mío... ¿Y dónde dices que me ha visto?
- Pues parece ser que en El Corte Inglés.

Nononono…en El Corte Inglés, nooo… (pienso yo en plan plegaria al cielo).

- Y me ha dicho que te diga que no compres ahí los pósters, que no son nada bonitos. Que ya te va a decir ella un sitio mucho mejor y más barato.
- Ah… pues… vale… ella dirá…

Me quiero morir.
La madre de la mejor amiga de mi hija me ha pillado con la boca pegada a un pandero de proporción singular y yo tengo que hacer como si nada en la próxima reunión del cole.
Voy a tener que hacerme la miope para justificar el acercamiento cular (que no ocular), de lo contrario me van a pedir una orden de alejamiento y mi pobre hija no va a poder jugar nunca más con su querida Maruchi.

Mañana mismo elevo una queja al departamento de Atención al Cliente de El Corte Inglés.
¡Que este bochorno me puede costar la familia!

sábado, 2 de abril de 2011

Arroz Bomba-y


- Mami, ¿me das ocho euros para que las niñas de la India puedan comer nocilla?

- A ver, a ver, repíteme eso, que no te he entendido bien.

- Que a ver si me das… ehh… (la veo contar dedos, malo)… dieciséis euros para que las niñas de la India coman bocatas de nocilla.

- Para, para, que te veo pidiendo veinticuatro euros como te lo haga repetir de nuevo. Vayamos por partes: antes dijiste ocho y ahora dieciséis. O se te han multiplicado las niñas o es que les has visto carita de muy hambrientas. Segundo: ¿cómo has calculado que con ocho (o dieciséis) euros las alimentas? ¿Has hecho un estudio de mercado o qué? Tercero: ¿ha venido al cole alguna niña de la India o te refieres a ellas en plan “genérico”? ¿Y por qué “las niñas” y no “los niños”? Responde en orden, por favor.

- Vale. Ocho euros es lo que cuesta la camiseta que este año han puesto a la venta los de sexto de primaria. Dieciséis es lo que me va a costar comprar la mía y la de mi hermano, que si no tiene lo mismo que yo, ya sabes que se rebota entero. Todo lo que recauden va destinado a un comedor de la India. El comedor está en un colegio de niñas y nos ha dicho la profesora que apenas tienen arroz para comer. Por eso, he pensado que estaría bien que les pudieran dar un poco de nocilla (o jamón, mamá, pero sólo del rico, no de ese malísimo que nos traes a veces, que está lleno de sebos) y no tanto arroz blanco, con lo insípido que es.

- Ahhh… ya, ya.

- Bueno, y, si quieres, también me puedes dar cuatro euros más para los bolis.

- ¿Bolis?

- Sí, bolis. Es que venden unos muy chulos y lo que recauden es para las niñas de la India, que sólo comen arroz, ya sabes…

- Sí, sí, lo sé, sólo comen arroz, me ha quedado claro. ¿Y cómo son los bolis?

- Pues son bolígrafos, mamá. Con su tinta, su capuchón… ¿no sabes lo que es un boli?

- Sí, me hago cargo, pero pensaba que tendrían algo especial, como dices que son “muy chulos”…

- Eso te lo he dicho para convencerte, pero no. Pintan y punto. Un boli no tiene que hacer nada más, mamá…

- Ya. ¿Algo más?

- Bocatas de chorizo.

- ¿Para las niñas de la India que sólo comen arroz?

- No, para mi hermano y para mí. Es que han montado una barra de bocadillos y lo que recauden es para las niñas de la India.

- Ahhh, que tú te comes el bocata y ellas la nocilla, ¿no?

- Algo así.

- Bien. Resumiendo: ¿cuánto dinero necesitas?

- Hmmm… déjame que sume… (ya está otra vez con los dedos-calculadora, me pongo mala)… treinta euros. Con eso me apaño.

- ¿Treinta euros? Pero… ¿cuánto cuestan esos bocadillos de chorizo?

- Ah, los bocadillos no mucho, sólo un euro. Pero las patatas fritas, las coca-colas para pasarlos y el helado de postre son unos cuatro euros más por persona. Multiplica, multiplica…

- No, si los números no fallan… bueno, pues todo sea por las niñas de la India…

- ¡Genial! ¡Gracias, mamá! ¡Voy a guardarlo en la cartera!

- Venga, rapidito. Y siéntate a la mesa, que todavía vas a llegar tarde al colegio.

- ¿Y hoy qué comemos?

- Pues imagínatelo.

- ¿Qué? ¿Qué es?

- Arroz, hija, arroz. Pero estate tranquila, que las niñas de la India, a partir de mañana, van a tener en su plato los manjares más ricos. Hala, dale al SOS, que ya estás tardando…



Y ahí la he dejado, jurando en arameo.

A mi plin.


Hasta que no monten en Bombay un puestito para las niñas españolas que sólo comen arroz, ni me inmuto…


¡Que viva la crisis y sus complementos!


viernes, 4 de marzo de 2011

A cuadros


Ayer llegué a casa un poco tarde.

Suelo ponerme a hacer deberes con la niña en cuanto cuelgo el abrigo y el paraguas, pero anoche le tocó a mi “santo”. Y, claro, nada más entrar en casa, no desaproveché la ocasión de fisgonear y me agazapé (en plan ladina) junto al marco de la puerta del cuarto de mi hija, a ver qué tal se le daba la tarea y si el grado de paciencia de su padre estaba alcanzando el defcon-1. Que ya nos conocemos y de eso no va muy sobrado que digamos.

Pero qué va.
No se oían gritos, ni lamentaciones.
La cosa parecía discurrir sin mayores incidencias.
Hasta que escuché algo extraño que me hizo fijarme un poco más en los detalles:

- Se llama “los relojes blanditos” y es de Dalí. Memorízalo bien, que éste es de los más importantes y fijo que te cae en el examen.
- ¿Estás seguro, papá?- preguntaba mi hija con voz de “eso no te lo crees tú ni jartito de grifa”.
- Que sí, que estoy seguro. Apúntalo. Y recuerda que “blanditos” es con bé…

¿Qué oyen mis orejas?
Con lo exquisita que soy yo con los deberes de mi hija, esto me está sonando a recochineo.

Aunque no puedo entrar en el cuarto y dar un golpe de estado, porque eso dejaría al padre a la altura del betún.

Así que respiro profundamente y me aguanto las ganas, consolándome con la idea de que podré remediar el desaguisado cuando repase con ella por la mañana…

- ¿Y este otro?- escucho a la niña con voz dudosa.
- Ehh… “la cama deshecha”.
- ¿Y quién lo pintó?
- Hmmm… dame un minutito… (¿está tecleando? ¡Cagüenlamar, a que lo está buscando en Google!)… eh ehhh… ¡Van Gogh! Si ya sabía yo… sólo quería confirmar que lo habíamos escrito bien, hija… Ponlo como suena: V-A-N-G-ó-G-G-G-G-G.

Quiero morirme. Debe de tratarse de “La habitación de Arlés”.
Le va a bajar la nota media por la chorrada.
No me queda otra que actuar.
He de recurrir a mi entrada apoteósica.

- Buenaaasssss
- ¡Mamááá!- grita mi niña emocionada. ¡Qué bien! Así ya sigues tú, que papá está como cansado, ¿eh, papi???
- ¿Cansado yo? ¡Qué dices, si se nos está dando de fábula! Anda, vete tranquila, que estamos a punto de terminar- me dice convencido.

Yo miro a la niña, que, a espaldas de su padre, junta sus manitas como si lanzara una ferviente plegaria a todos los Santos y decido utilizar mi mejor baza:

- Oye, pero… ¿tú no tenías partido en la tele?
- Coñocoñocoño, ¿pero qué hora es pues?
- Las ocho y media.
- ¡Mierda! Cielo, te dejo con mamá, que sabe casi tanto como yo, ¿vale?
- Vale, papá. Muchas gracias de todas formas.
- De nada, hija, de nada- contesta él ya desde el salón.
- Bueno, pues nosotras a lo nuestro, ¿no?- le digo a la niña.
- Sí- contesta ella con la goma de Milán en la mano derecha. ¿Borro todo, entonces?
- Todo- le digo yo sin mirar siquiera el cuaderno.
- ¿Incluida “sueca desnuda en las playas de Mundaka”?- me pregunta al borde de la carcajada, mientras me señala lo que claramente es “el nacimiento de Venus” de Botticelli. No sé cómo sabía que iba a llegar yo a deshacer el entuerto, pero este hombre se ha quedado conmigo... de nuevo...
- Tu padre es increíble, ¿eh?
- Increíble, sí.
- Venga, empecemos de cero…

sábado, 26 de febrero de 2011

La princesa y el anillo


- Mami, ¿me compras ese anillo?
- ¿Anillo? ¿Dónde ves tú un anillo, criatura, si estamos en el súper?
- Ahí, justo detrás de esa señora.

Veo que la cajera, conteniendo la risa, se aparta un poco para dejarme ver qué esconde su chepa y… efectiviwonder. En el súper venden anillos.

Concretamente, de la marca Durex.

- Mira, cielo, es que eso no es un anillo, es… otra cosa- le digo a la niña sacando las lechugas de la cestita y colocándolas amorosamente sobre la cinta transportadora-asesina.
- Pues ahí pone “anillo vibrador”. Y yo lo quiero. Ninguno de los que tengo vibra, así que me lo podrías regalar por mi cumpleaños, ¿eh, mami?
- Pues no. Te digo que eso no es un anillo, aunque lo diga el rótulo- pa qué coño les enseñarán a leer, me pregunto yo, con lo bien que vivíamos cuando era analfabeta.
- Mamá. ¿Qué pone aquí?
- Ehhh… “mantequilla”, ¿por?
- ¿Y es mantequilla o es “otra cosa”?- me pregunta imitando mi voz y remarcando el “otra cosa” como si fuera una palabrota que se le ha escapado a su madre.
- ES mantequilla -recalco yo-, pero lo que tú pides, aunque se llame “anillo”, no es para adornarse los dedos, ¿estamos? Deja ya de hablar y saca las manzanas de la cesta, anda, que se supone que has venido a ayudarme…
- Y, si ese anillo no se pone en los dedos,… ¿dónde se pone entonces, mamá?

Estaba esperando este momentazo.
De hecho, ha sido terminar la maldita frase y darme cuenta al segundo de que esta pregunta iba a llegar.
“No es para adornarse los dedos”, “no es para adornarse los dedos” (léase con voz repipi y burlona). Si es que no se puede ser más desafortunada, leches…

- Bueno… pues no sé, porque nunca he tenido uno, pero ya nos enteraremos. A ver si aguantas calladita un minuto, ¿eh?, que tengo que pagar la compra y me despistas con las llevadas…
- ¡Pues cómpralo, si es muy baratito!
- ¡Que no lo compro, que eso no es para chicas, que es para chicos y calla ya la bocota!

A todo esto, la cola que acumula mi caja es la más larga del súper (¡oh, sorpresa!) y todo por la función gratuita que les estamos regalando la madre y la hija. Parecemos las “Pimpinela” del hipermercado. Me da la sensación de que nos van a empezar a echar monedas en cuanto paguemos la cuenta.

- Es imposible que sea para chicos. ¿No ves que el envoltorio es de color rosa?

Que viva la lógica multicolor.
La gente gira la cabeza de mi hija hacia mí, como esperando mi revés. Y yo ya no sé qué excusas darle a la chiquilla, así que opto por algo radical para finiquitar el asunto:

- Cariño: es un anillo que se ponen los hombres en el pene y no te lo puedo comprar porque tú no tienes pene. ¿Verdad que no tienes pene?

La abuelilla que estaba detrás de mi hija, se tapa los oídos y cierra los ojos, por si el palabro en cuestión le pudiera entrar por cualquier orificio corporal y le tocara tener que confesarse nada más salir del súper.

Un grupillo de chavales con sus litronas de cerveza empieza a descojonarse y a hacer gestos obscenos contra el muestrario de anillos vibradores.

Y la señora de las mechas, que ha aguantado estoicamente un cuarto de hora de cola para pagar un triste calabacín, abandona la hortaliza en la cesta, coge un envoltorio rosa de Durex y vuelve a su sitio.

Esto es un espectáculo.
Yo ni miro a mi hija, por si le veo ojillos espantados.
Pago a toda pastilla, agarro las bolsas y avanzo hacia la puerta.
Casi llego.
Ya “huelo” la calle, cuando escucho en lontananza:

- Mamiiii, esperaaaaaa, ¿y si le compramos uno a papáááá??????

Sólo añadiré que, por no oírla más, mi santo va a recibir el día del padre un anillo vibrador de parte de sus hijos. Y los niños están tan orgullosos de su regalito…

Verás qué gracia cuando le digan que se lo ponga.
A mí, que me registren…

miércoles, 26 de enero de 2011

Me lo expliquen...


- Mami, resulta que en el cole me han dicho que los papás de Marutxi se han separado.
- Vaya, hija, qué pena…
- ¿Y eso qué es, mamá?
- ¿El qué? ¿Separarse?
- Sí. Que de dónde se separan.
- ¡Ah! Pues entre ellos, hija. Se separa el matrimonio.
- Ya, pero ¿qué significa?
- Pues… básicamente, que cada uno se irá a vivir a una casita distinta, pero seguirán queriendo a sus hijos exactamente igual, ¿lo entiendes?
- Pues no.
- ¿Qué parte no entiendes? ¿La de las casas separadas o la de seguir cuidando a los hijos igual que antes?
- Las dos. Porque entonces… ¿Marutxi se irá a vivir con su madre y su hermano Pedro con su padre?
- No, hija, no. La cosa no se distribuye por sexos, como si unos fueran al baño de chicas y otros al de chicos. ¡Qué va! Supongo que los dos hermanos se quedarán en casa con su mamá y será el papá el que se vaya a otra casita. Es lo habitual, al menos. Aunque también puede hacerse al revés y que sea…
- … un momento, un momento… ¿y por qué se tiene que ir el papá a otra casa? ¿Le van a dejar solito?
- Hija, es que hay veces que los papás se llevan mejor separados que juntos…
- No lo entiendo.
- Pues eso. Que hay veces que los enfados no se pueden arreglar…
- ¡Que se den un beso y ya está! ¡Como me haces darle a mi hermano cada vez que le grito porque me ha vuelto a desnudar a las Barbies!
- Ya, pero no es lo mismo, hija, de verdad que no…
- ¡Pues ayer nos pusieron en el cole una película y cada hija se iba con un padre a una ciudad distinta y se volvían a encontrar al cumplir once años! A lo mejor, el papá de Marutxi se lleva a Pedrito a la China y no se vuelven a ver hasta que sean mayores… Porque eso… puede pasar, ¿verdad, mamá?
- Pero… ¿qué película os pusieron, criatura?
- Una que se llamaba “tú a Londres y yo a California”. Y lo he buscado en el mapa, mami, y no sabes lo lejos que está la una de la otra…
- Me hago una idea, hija, me hago una idea…
- A mí me parece que esto de separarse no lo han pensado bien. Seguro que si se perdonaran todo para siempre, se arreglaría el lío.
- Seguro, hija. Eso tenlo por seguro…

Y ahí la he dejado, dándole a la pelota, ideando mil formas de conseguir que los padres de Marutxi vuelvan por sus fueros y reconsideren su decisión.

La mente racional de un niño no comprende según qué actitudes.

Si un beso de mamá cura una herida.
Si un abrazo a tu hermano hace que se olviden las rencillas más enquistadas.
Si un guiño de papá hace que te sientas su mayor cómplice… ¿Cómo es posible que los adultos no se den cuenta y lo apliquen? ¿Es que nadie les ha podido hacer ver que todo tiene fácil solución? ¿Están tontos, o qué les pasa?

Claro que, en buena hora se les ocurrió a los padres de Marutxi volver loca a mi hija…

Ahora, cada vez que le contesto algo a mi santo en un tono de voz no del todo calmado, o cada vez que no nos ponemos de acuerdo en qué canal poner, sale la niña toda impertinente:

- Como no arregléis este asunto inmediatamente, mi hermano y yo nos vamos a otra casa y nos separamos de vosotros, ¿estamos? Así que haced el favor de daros un beso y dejarme a mí el mando, que vamos a ver todos el Playhouse Disney.

¡Mecagüen-la-ley-del-divorcio y todos sus complementos!


sábado, 6 de noviembre de 2010

De mal en peor



Problema de Matemáticas resuelto con soltura por mi hija:

“Si Maruchi tiene un cesto con cuatro manzanas y viene su amiga Laurita y se come cinco, ¿cuántas manzanas le quedan a Maruchi?”

Respuesta acreditada y rápida de la criatura:

“Lo primero: Maruchi es tonta por dejarse comer la merienda. Lo segundo: a ver qué se ha comido Laurita si sólo había cuatro manzanas y afirma que se ha llevado cinco cosas a la boca … ¿no sería el cesto de Maruchi? Lo tercero: con amigas así, quién quiere enemigas.”

Bien.
Pues le han puesto un cero.

Tal y como nos informa en rotulador rojo la señorita Rottenmeier desde el lateral de la hoja de examen (con un estilo, por otro lado, claramente plagiado a mi niña-lumbreras):

“Lo primero: por no dar el resultado correcto. Lo segundo: por ir de listilla. Lo tercero: por copiar mal el enunciado del problema de la pizarra, donde se leía claramente que Maruchi tenía un cesto con seis manzanas.”

Pues chica, me ha parecido mucho más salada mi hija que la profesora y la he felicitado por su cero-patatero. Además, si ella vio “cuatro”, a ver qué pruebas aporta la otra para demostrar que ponía “seis”. Que eso está ya borrado y es la palabra de una contra la de la otra…

No me queda claro que a mi hija la estén preparando para la vida moderna.

Que he echado un vistazo a su libro de Matemáticas y está tan atrasado como lo estaba el mío. Siguen con las teorías de conjuntos, los productos cartesianos y las raíces cuadradas, cuando está de sobra demostrado que ese tipo de conocimientos no sirven para nada. ¡Pero si la he visto dibujar un ábaco y todo! Valientes pamplinas…

Lo que tendrían que enseñarles a nuestros niños es cómo recrear una buena simulación hipotecaria, darles unas nociones básicas de técnicas de refinanciación crediticia y, en la parte física, estiramientos elásticos de Euro al estilo “chicle de goma”.

Eso sí que les iba a ser útil, no me digas… ¿Alguien podría decirme si ha tenido que hacer una raíz cuadrada, por ejemplo, para comprar verdura en el mercado? ¿O para calcular por la cuenta-la-vieja si vas a llegar a fin de mes? ¿O lo habéis usado, quizá, para calibrar si el pescado que te han vendido es o no es un pezqueñín?

¿Alguien de este planeta ha usado alguna vez la raíz cuadrada para algo que no sea resolver un problema estúpido, mal redactado por un friki asocial con gafotas, de profesión físico nuclear cum laude? ¿Eh? ¿Hay alguien?
¡Que levante la mano si hay huevos!

Si ya lo sabía yo…


martes, 13 de abril de 2010

Las funciones infantiles


Mi hija tiene el mes que viene la exhibición de gimnasia rítmica y me tiene, cada día, un mínimo de media hora, tirada en la moqueta ensayando con ella las posturas que tiene que “bordar” en la actuación ante los padres. Esto me ha costado ya dos tirones y un esguince, pero yo no me desanimo, porque veo a la chiquilla con tanta ilusión, que me vengo arriba y hago todo lo humanamente posible para conseguir la vertical haciendo el clavo o la rueda lateral. Espero que se luzca como merece, porque como le pase como a su amiga Luisita el año pasado, voy y abofeteo a la profesora.

Luisita es una niña muy buena, preciosa, con un gran don de gentes y mayor facilidad para comerse, digámoslo así, los bocatas ajenos. En una palabra: es lo opuesto a la bailarina delgaducha con la que sueñan todas las profesoras de extraescolares del colegio. Pero la niña sólo tenía una ilusión: hacer ballet. Y su madre, por darle gusto, la apuntó a las clases sin dudar.

Cuando llegó la exhibición anual y se levantó el telón, todos buscábamos a Luisita con la mirada, pero Luisita no aparecía por ningún lado en aquel escenario. Aparentemente. Porque, si te fijabas bien, veías que el árbol de la esquina, ese pintadito de marrón y cuajadito de hojas de celofán color verde, como que respiraba. Sí, el árbol se movía. Mínimamente, pero se movía. Hasta que estornudó, se le desprendieron media docena de hojas y nos pareció ver la patilla de las gafas de Luisita.

Entonces ocurrió lo que me temía. Su madre, que no podía creer que las otras 14 niñas estuvieran bailando, con mayor o menor fortuna, el Lago de los Cisnes, mientras su querida Luisita se achicharraba viva bajo kilos de plástico coloreado, empezó a dar gritos increpando a la profesora. Su marido, muerto de vergüenza, intentaba tirar de ella para sacarla de salón de actos, mientras los lloros de Luisita se escuchaban por encima de la música. Luego nos confesó que no lloraba por su madre, sino porque se le habían dormido los brazos de tanto sujetar en alto las ramas de cartón-piedra que le habían atado a las muñecas. Menuda tortura. Ahí, toda estática, sin poder mover ni un pelo para que las ramitas no se le chocaran con las gafas.

Pasada la actuación y ya más calmada, la madre consintió en hablar con la tutora, quien le explicó que no le había quedado otra, porque Luisita desentonaba con el resto de niñas en tutú. Para qué te digo más. Entonces, entró el padre en la discusión, preguntando a ver qué tipo de profesoras fascistas eran aquellas que no dejaban a una cría de 6 años ponerse un tutú por considerarla demasiado gorda para bailar el Lago de los Cisnes.

Es indignante, pero verídico. Igual de verídico como que, al año siguiente, a Luisita la apuntaron a extraescolares de ajedrez y se ha convertido en un año en la ganadora de alevines de la provincia. Ahí no les importaban nada sus kilos, ni sus gafitas. Sólo su cabeza y su capacidad de ponerse en el pellejo del contrincante. Justo lo que les falta a las profesoras de ballet del colegio…

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