El caso es que yo ya le notaba la mirada apagadilla y los ojos como hundidos, pero pensé que se avecinaba un gripazo de campeonato y que ya le pondríamos remedio cuando el virus diera la cara.
Nada más lejos de la realidad.
Ayer, al acostarle, me pregunta todo serio:
- Mami, ¿en casa tenemos muñecas?
- Ehhh… ¿a qué tipo de muñecas te refieres, cariño?
- A cualquiera. Muñecas. De las de jugar…
- Bueno, tu hermana tiene muchas muñecas, estoy segura de que las conoces de sobra. ¿Te refieres a esas?
- No. Me refiero a las de cara “malvada”.
- Vale. Ahora sí que me estás preocupando. Dime qué es lo que te pasa, anda…
- Es que me ha dicho mi amiga Laura que en su casa hay una muñeca asesina que, por las noches, baja del altillo de los juguetes con una navajita en la mano y mata a gente.
- ¿Una muñeca asesina en casa de Laura? Tú sabes que eso es imposible, ¿verdad, cielo?
- Pero si dice Laura que ya ha matado a sus abuelos y que los siguientes van a ser sus padres…
- A ver, hasta donde yo sé, los abuelos de Laura siguen vivos. Los cuatro. De modo que te ha contado una trola de campeonato, hijo.
- Entonces… ¿es mentira?
- Una mentira como una casa.
- Menos mal… porque debajo de las sábanas toda la noche se pasa un calor…
- ¿Por eso tienes ojeras? ¿Porque te escondes bajo las mantas? No has dormido bien, ¿verdad?
- Es que, mami, ¿ves esa cosa oscura que asoma en la pared del pasillo?
- Ehhhh… ¿te refieres al espejo?
- No sé… desde mi cama parece un cuchillo…
- ¡Es el marco del espejo! Y un marco no te puede atacar, así que haz el favor de dormir tranquilo y olvidarte de las historias de Laurita, que mañana voy a hablar seriamente con su madre para que le lea la cartilla. Amoshombre…
Tendríais que ver a la tal Laurita.
Seria, con mirada desconfiada y ojerosa y un pelo renegrido largo hasta los omoplatos.
Tan pálida que, si las comparáramos, la niña de “El exorcista” parecería su prima de Nigeria. No os digo más…
Pero Laurita no estaba en el patio esta mañana.
Debe de andar incubando algo (no sé si una historia maquiavélica o un bacilo infeccioso) y su madre ha preferido dejarla en casa.
Cosa que han celebrado el resto de niñas de la clase, que se han puesto a dar palmas y a gritar “vivas” al viento, mientras correteaban alrededor de mi hijo.
Yo no entendía nada.
- Amparito, ¿qué ocurre? ¿Por qué chilláis así?- le he preguntado a la niña más entusiasta del grupo.
- Porque hoy podremos jugar con tu hijo.
- ¿Cómo dices? ¿Acaso no quiere jugar con vosotras el resto de días, o qué?
- Nooo… es por Laurita, que no nos deja acercarnos a él cuando ella está presente, porque dice que es suyo y de nadie más.
¡Tócate el gladiolo!
¡Mi pobre hijo agobiado por una psicópata infantil!
¿Será acaparadora y posesiva, la niñata esta?
¡Encima de no dejarle dormir, le está aislando socialmente!
En fin… Pensaba arreglarlo con una simple charleta con la criatura, pero se ve que el tema requiere un plan B. Me va a tocar llamar a la madre esta misma tarde.
A ver si por la vía humorística consigo algo, aunque cuando le casque que su hija se ha cargado a los abuelos valiéndose de una muñeca parricida, lo mismo no le hace puñetera gracia.















