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viernes, 4 de marzo de 2011

A cuadros


Ayer llegué a casa un poco tarde.

Suelo ponerme a hacer deberes con la niña en cuanto cuelgo el abrigo y el paraguas, pero anoche le tocó a mi “santo”. Y, claro, nada más entrar en casa, no desaproveché la ocasión de fisgonear y me agazapé (en plan ladina) junto al marco de la puerta del cuarto de mi hija, a ver qué tal se le daba la tarea y si el grado de paciencia de su padre estaba alcanzando el defcon-1. Que ya nos conocemos y de eso no va muy sobrado que digamos.

Pero qué va.
No se oían gritos, ni lamentaciones.
La cosa parecía discurrir sin mayores incidencias.
Hasta que escuché algo extraño que me hizo fijarme un poco más en los detalles:

- Se llama “los relojes blanditos” y es de Dalí. Memorízalo bien, que éste es de los más importantes y fijo que te cae en el examen.
- ¿Estás seguro, papá?- preguntaba mi hija con voz de “eso no te lo crees tú ni jartito de grifa”.
- Que sí, que estoy seguro. Apúntalo. Y recuerda que “blanditos” es con

¿Qué oyen mis orejas?
Con lo exquisita que soy yo con los deberes de mi hija, esto me está sonando a recochineo.

Aunque no puedo entrar en el cuarto y dar un golpe de estado, porque eso dejaría al padre a la altura del betún.

Así que respiro profundamente y me aguanto las ganas, consolándome con la idea de que podré remediar el desaguisado cuando repase con ella por la mañana…

- ¿Y este otro?- escucho a la niña con voz dudosa.
- Ehh… “la cama deshecha”.
- ¿Y quién lo pintó?
- Hmmm… dame un minutito… (¿está tecleando? ¡Cagüenlamar, a que lo está buscando en Google!)… eh ehhh… ¡Van Gogh! Si ya sabía yo… sólo quería confirmar que lo habíamos escrito bien, hija… Ponlo como suena: V-A-N-G-ó-G-G-G-G-G.

Quiero morirme. Debe de tratarse de “La habitación de Arlés”.
Le va a bajar la nota media por la chorrada.
No me queda otra que actuar.
He de recurrir a mi entrada apoteósica.

- Buenaaasssss
- ¡Mamááá!- grita mi niña emocionada. ¡Qué bien! Así ya sigues tú, que papá está como cansado, ¿eh, papi???
- ¿Cansado yo? ¡Qué dices, si se nos está dando de fábula! Anda, vete tranquila, que estamos a punto de terminar- me dice convencido.

Yo miro a la niña, que, a espaldas de su padre, junta sus manitas como si lanzara una ferviente plegaria a todos los Santos y decido utilizar mi mejor baza:

- Oye, pero… ¿tú no tenías partido en la tele?
- Coñocoñocoño, ¿pero qué hora es pues?
- Las ocho y media.
- ¡Mierda! Cielo, te dejo con mamá, que sabe casi tanto como yo, ¿vale?
- Vale, papá. Muchas gracias de todas formas.
- De nada, hija, de nada- contesta él ya desde el salón.
- Bueno, pues nosotras a lo nuestro, ¿no?- le digo a la niña.
- Sí- contesta ella con la goma de Milán en la mano derecha. ¿Borro todo, entonces?
- Todo- le digo yo sin mirar siquiera el cuaderno.
- ¿Incluida “sueca desnuda en las playas de Mundaka”?- me pregunta al borde de la carcajada, mientras me señala lo que claramente es “el nacimiento de Venus” de Botticelli. No sé cómo sabía que iba a llegar yo a deshacer el entuerto, pero este hombre se ha quedado conmigo... de nuevo...
- Tu padre es increíble, ¿eh?
- Increíble, sí.
- Venga, empecemos de cero…

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