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martes, 26 de julio de 2011

¡Hágase la luz! Y la luz se hizo... la interesante

Hoy nos hemos quedado sin luz.
De pronto, a eso de las 11 de la mañana, todo se ha ido al garete.
Los diferenciales, en una especie de coreografía demencial, han empezado a bailar salsa dentro de la caja de luces y mi santo y yo asistíamos perplejos al auténtico “efecto discoteca-a domicilio“. Luces encendidas, luces apagadas. Diferencial arriba, diferencial abajo. Chispazo por aquí, chispazo por allá…

Yo le decía a mi "costilla":

- Dale al general, que seguro que se ha puesto tontorrón porque sabe que en breve nos vamos de vacaciones.
- Que no rula. Ya le he dado tres veces y vuelve a saltar.
- ¡Y qué manía con saltar! Si se supone que esa palanquita es algo estático. Nadie diría que esconde tanta alegría en su interior…
- Pues tú dirás qué hacemos. Hay que dejar el diferencial “peliagudo” bajado.
- ¿Y ese a qué afecta?
- A varias cosillas sin importancia…
- ¿Como por ejemplo…?
- La nevera, el microondas y la tele. Ah, y todos los enchufes. Pero tranquila, que la lavadora tiene su propio fusible, así que se puede seguir usando…

Cojonutis.
No podemos comer, cargar el móvil o entretener a los niños con maquinitas-varias. Pero podemos dedicar el día a la colada. No me digáis que no un planazo…

Así que, varias horas después de llenarnos la barriga gracias al telepizza y de llevarle los helados y congelados a mi madre para que alguien los aprovechara, mi mente ya no estaba para bromas. En la calle llovía a cántaros y los niños se habían ventilado las baterías de (en este orden) la Nintendo, el Ipod de su padre y la maquinita ochentera de recoger enfermos con una camilla, que guardaba con cariño en la mesilla y mis monstruitos habían debido de encontrar en una de sus muchas incursiones en busca del tesoro perdido.

- Cielo, o lo arreglas o lo arreglas. Pero yo ya no puedo más. Los niños empiezan a pedirme las pilas del vibrador para ponérselas al cuentacuentos. Y por ahí sí que no paso…
- Pues como no llamemos a un electricista de urgencia… déjame, a ver qué se me ocurre, porque el chispas nos puede pegar una “clavada” de escándalo…
- A mí que me claven lo que haga falta, mientras al final vea la luz…
- Ojito con lo que dices, que se te puede malinterpretar…

Y la luz se hizo.
Eso sí, a las 10 de la noche. Justo cuando mi santo aprovechó un descanso del diluvio universal para salir a la terraza y descubrir que “alguien” se había dejado enchufado (y abandonado a su suerte) el inflador automático de la colchoneta. Normal que saltara una y otra vez el diferencial. Lo raro es que no nos hiciera cortes de mangas entre bote y bote.

Ahora sólo nos queda descubrir a quién se le ocurrió jugarse el tipo dejando el cable pelao a la intemperie.
Como lo pille, lo mato…

lunes, 20 de junio de 2011

¡Esto es la guerraaa!!!

Tikitiki takataka toc toc tiki tiki tokotón

La vecina ya se ha vuelto a poner los tacones para limpiar el polvo.
¡Qué manía!
Mira que la tengo advertida, que los niños tienen la oreja siempre al quite y se me despiertan con el aleteo de un mosquito, pero ella, erre que erre. Luciendo pierna incluso para pasar el mocho. No se inmuta ni bajo amenaza y eso que le insistí (con la famosa “cara de pitbull“ por la que me respetan en las reuniones de vecinos) en que si me los despertaba antes de las 10 de la mañana se los dejaba en el felpudo. Pero está claro que se la bufa.

Tititiki totokotó

Ahora trota por la zona del baño. Lo noto por el sonido, más rotundo cuando taconea sobre baldosines que cuando lo hace sobre tarima. Se va a enterar...

Y subo, rauda cual gacela al viento, a visitar a la del ático, que me recibe con una especie de negligée y unas zapatillas de andar por casa de esas como de raso con pompón. Parece la reencarnación de Betty Boop.

- Ehhh hola, Bibiana, que vengo a preguntarte si te importaría mucho quitarte los zapatos mientras estás en casa, que hoy es sábado, aún no han dado las 9 de la mañana y no quiero que se despierten los monstruitos, ya sabes…
- Pues no, no sé de qué me hablas. No llevo zapatos- me dice señalando las zapatillitas que conjunta en su punto exacto de azul con su batita de prima donna.
- Ya, ya veo que no son zapatos, y me encanta que tengas ese detallazo con tus vecinos. Veo que las reuniones de propietarios dan sus frutos. Pero perdona que te insista en que sí tienen tacón y, en cualquier caso, suenan como si lo tuvieran. ¿Podrías ponerte otras? Con suela de goma, o de caucho, lo que más rabia te dé, pero eso sí, sin taconear, ¿eh?
- Lo siento, pero sabes de sobra que de “eso” no uso.
- Ya… ¿y si te compro yo unas, te las pondrías?

Me mira de arriba bajo, guiña la mirada, se planta una sonrisilla lateral y la veo mover la cabeza rotundamente de lado a lado.
- No, no creo. Tus gustos y los míos son diametralmente opuestos, me temo.
- Pues a ver cómo lo arreglamos, porque esto no puede seguir así. Vengo a verte cada fin de semana y me da la sensación de que cada vez llevas tacones más altos y afilados.
- Puede ser- no se quita la sonrisa falsa de la boca.
- ¡Anda! Entonces… ¿reconoces que lo haces a propósito?
- Puede ser- sigue sonriendo. Empieza a darme miedo.
- ¿Me estás diciendo a la cara que te pones la alarma a las 8 de la mañana cada sábado y domingo para taconear a placer y fastidiarnos los biorritmos?
- Hmmm… pues puede ser. Sí…

Dios mío… ¡Es Hannibal Lecter disfrazado de Norma Duval!
Yo me largo de aquí, no vaya a sacar el cuchillo jamonero y sea peor el remedio que la enfermedad.

De modo que me guardo en el bolsillo las ganas de abofetearla y tiro pa mi casa con una idea en la cabeza.

- ¡Niñooooos, todos al salóóónnnn!- grito desde la entrada nada más llegar.
- ¿Qué pasa, mamá?- me pregunta la niña con sus ojitos dormilones.
- ¿Os acordáis que siempre os prohíbo jugar al "balón prisionero" en casa?
- Sí, mamá…- me canturrean a coro.
-¿Y que no hay día que no os caiga una bronca por botar la pelota más de dos veces sobre el parquet?
- Claro, mamá…- siguen en modo automático.
- Bien, pues se acabó. Desde este momento, se abre el concurso de “botechos”.
- ¡Bieeennnnnn!- gritan los dos con los bracitos al aire. ¿Y en qué consiste, mami?
- Pues muy fácil: ¡el que consiga más rebotes en el techo de la cocina tiene premio! Aseguraos de pegarle bien fuerte y de forma continuada. Podéis daros relevos, para aguantar más tiempo sin desfallecer y mañana toca ponerse la alarma a las 6 de la mañana, que me ha dicho la vecina que si ella no lo oye desde bien prontito, no hay regalito. ¿Qué os parece?
- Geniaaaaallllllll- chillan a coro.
- ¡Pues manos a la obra!- Y se han puesto a darle al techo con la pelota de baloncesto, pim pam pom porrompón paf pof, cosa fina. ¡Qué arte! ¡Y qué fuerza! Esto va a ser por las lentejas, que empiezan a dar resultados… Me va a quedar aquello lleno de manchas, pero ya lo pintaré cuando se me pase el cabreo. Lo primero es lo primero: dar por saco a la vecina hasta que se le queden las ojeras a juego con la bata. Ya siento que su cabecero pille justo-justo sobre mi vitrocerámica. Casualidades de la vida...

No sabe ésta dónde ha metido la patita…

lunes, 6 de junio de 2011

No estaba "al loro"

Nunca me había pasado.
Lo juro.
Yo, que siempre soy la más entusiasta con las actividades lúdico-infantiles en mi casa, iba como loca al cine a ver la dichosa película de los pajarracos ("Río", para los no versados en ocio infantil). Compré todo lo necesario: palomitas, coca-colas, regalices rojos, gominolillas y el clásico toblerone que nos ameniza las tardes cinematográficas.
Tenía cubierto, incluso, el espinoso asunto de la “autonomía infantil”. No en vano habíamos hecho tres visitas al baño antes de que se apagaran las luces y teníamos la vejiga más vacía que el cerebro de la Esteban.
Nada quedaba al azar.
Nada podía fallar.

Hasta que mamá se durmió a los cinco minutos (si llega) de metraje.
En buena hora…

El niño ni se dio cuenta. De hecho, se pasó lo que quedó del día haciéndome preguntas sobre los personajes y poniéndome en auténticos bretes:

- Mami, ¿a que Blue (así se debía de llamar el guacamayo protagonista) es un pájaro en peligro de extinción?- me decía convencido de que su madrepedia se lo sabía todo.
- Seguro, hijo, seguro.
- ¿Y cuando aprende a volar, que casi se matan, eh, eh?
- ¡Qué momentazo!, ¿verdad?- preguntaba yo sin saber qué más añadir y notando por el rabillo del ojo que la mayor no me estaba creyendo nada de nada.
- ¿Y por qué le llevan a Brasil, si él no quería viajar, mami?

Éste lo que quiere es pillarme. Se lo noto.

- Ehh… ehhh… ¿porque es muy bueno que los pájaros viajen y aprendan nuevos idiomas?
- No, mamá. Lo hicieron para que se reprodujera en su hábitat natural- suelta la voz de la experiencia. La mayor, que hasta ahora se había mantenido al margen, ha tenido que hacer notar su inteligencia supina, para bochorno de su madre. Y deja de inventar- añade susurrando- que sé de sobra que te has dormido en las letras del principio.
- Pero hija, ¿cómo puedes pensar eso? Lo que pasa es que estaba concentrada en la peli y por eso no hablaba.
- Ya, claro. Y por eso también roncabas, tenías la cabeza en un ángulo extraño y la movías como si estuvieras buscando en sueños tu almohada, ¿no?

Con razón tengo la nuca dolorida. Ahora lo entiendo todo.

- Anda, déjate de payasadas, que le vas a dar un disgusto a tu pobre hermano.
- Pues dime cómo acaba la historia, a ver si te lo sabes, so lista- me reta la otra con mirada de suficiencia.
- ¿Cómo va a acabar? Pues bien, como todas las películas de Disney, hija, ¡qué cosas tienes!
- Ya, pero es que esta película no es de Disney, sino de los estudios Blue Sky (y no veas cómo lo pronuncia, la muy desgraciada; como si hubiera nacido en el mismo centro de Missouri, yo es que me descompongo). Ya estás buscando en tu memoria, porque hasta que no me digas cómo acaba, no pienso parar.

Se va a enterar, la arpía esta.

- Mira, bonita y resabiada hija de mis entretelas, o te callas y me guardas el secreto, o este finde te quedas sin viajecito a la Warner y demás parafernalia. ¿Estamos?
- Estamos. Pero luego no te sorprendas si no te decimos la verdad- dice la muy repelente.

Así que me he tenido que tragar la maldita película por internet (espero que la Sinde no me lea, porque se me puede caer el pelo), por si al pequeño no se le pasa la obsesión y mañana vuelve al ataque con sus pesquisas argumentales.

Antes muerta que pillada por un par de mocosos sabihondos.
Dita sea mi estampa…


viernes, 10 de septiembre de 2010

Díselo en Román Paladino


Me he pasado el verano razonando con los niños.

Con eso de que no hay que pegarles, gritarles ni reñirles, me siento medio boba, porque me pongo en situaciones ridículas que mi madre se habría ventilado "zapatilla en mano" y yo, en cambio, las complico a base de negociaciones infructuosas que me dejan agotada y con una frustración de tres pares de narices.

El ejemplo más claro: cómo sacar a un niño de la piscina, haciéndole ver que pasarse tres horas y media en el agua no puede ser bueno para ningún ser vivo no-branquial y que es la hora de comer.

Ahí os quiero ver, morenos míos.

Una empieza suavecito:

- Mira, cariño, que ya es muy tarde, tienes los labios morados y el pellejo arrugao como el papel pinocho, vete saliendo del agua que está el puré de verduritas en la mesa, ¿vale, cielo?
- ¡Ni hablar!- me suelta el monstruito.
- A ver, corazón, que creo que no me has oído bien. Que digo que salgas ya del agua, que se enfría la comida y te vas a poner malo de tanto bucear…
- ¡Que no salgo, que no tengo hambre y estoy muy a gustito!
- Es la hora de comer y la piscina va a seguir ahí por la tarde, así que descansa ahora un poco y vente que…
- ¡He dicho que no y me voy a lo profundo, píllame si puedes!

Me cago en los manguitos de los güitos… en buena hora se los compramos, con lo bien que nos venía el pánico acuático que tenía el chaval al principio del verano…

Total, que acabas chillando cual verdulera y amenazando con castigarle a todo de por vida, porque no te apetece un rábano volverte a mojar para arrastrarle hasta el bordillo en plena pataleta.

Tendría que haber aprendido de la señora de la playa. Aquella que os conté que se montaba en plena arena el menú de ocho platos con sus entrantes en perfecto maridaje, al estilo Arguiñano:

-¡Niñaaaaaaaaaaaaaaa, que salgas del aguaaaaaaaaa!!!
Maíta, déjame en paaaazzzzz, que me despistas y se me escapa el churro de cauchooo!!!
- ¡Que salgas del agua, que no tas tomao el postreeeeeeee!!!
- ¡Que no quiero postreeeeeeeeee!!!
- ¡Que salgas te digo, que te doy dos collejas!!! ¡Te tengo el yugú preparaooo!
- ¡Si no hay del sabor que me gustaaaaaaaaa!!!
- ¡Imposible!!! Hay…. de fresa, limón, plátano, natural-con-y-sin-asssúcar, coco, muesli, chocolate, ciruela, frutas del bosque y de melocotón!!!
- ¿Ves? ¡No tienes del que yo quiero, así que no salgo!!!
- ¿Y de cuál quieres tú, empaná?
- Hmmm…. ¡de macedoniaaaaaaaaa!!!
- ¡Pues te jodes, que también tengo!!! ¡Sal ahora mismo o te pongo las orejas colorás!!!

Que viva el Román Paladino.
Di que sí.

viernes, 16 de julio de 2010

¿Qué voy a ser de mayor?

Mi niña, a sus tiernos siete años, anda pensando qué va a ser de mayor.

Supongo que todos habréis pasado por esa época.
Yo no.

A mí nunca me dio por pedirme ser astronauta, granjera o peluquera. Yo iba a mi aire y no me metía en semejantes berenjenales. Me imagino que, de haberlo pensado, habría elegido las profesiones más peregrinas, como modelo (jate tú, si llego a saber entonces que no iba a pasar del metro sesenta…), misionera o trapecista (pues tengo yo un equilibrio, que es para troncharse de la risa), pero nunca me dio por ahí.

Mi hija, en cambio, tiene casi finiquitado el plan de negocio de toda su vida profesional.
Sueña con ser bailarina de ballet o, en su defecto, gimnasta.

Calcadita a su madre, vaya.

Yo la miro, tan segura a su edad, y me cago de miedo. Porque como la cosa se tuerza y se haga un esguince (de esos que se hacen todos los que “iban para deportistas de élite y se quedaron en contertulios por un accidente de rodilla”) se me va a frustrar entera y a ver cómo le levanto el ánimo. Que ella es muy terca, os lo digo yo.

Me paso la vida dándole alternativas:

- Mira qué bien se te da el inglés, criatura. Lo mismo puedes ser traductora de mayor…
- Que no, mami, que ya sabes que yo lo que tengo que hacer es practicar el clavo y el pino-puente, para poder actuar en el polideportivo delante de todo el mundo.
- Ya, hija, pero eso es para ahora, que eres pequeña. Cuando seas mayor…
- Y dale, que ya soy mayor, mamá. ¡Y yo quiero hacer esto siempre!
- Bueno, hija, pero es que “siempre” es mucho tiempo.
- Pues eso: quiero hacerlo TODO el tiempo.

¡Qué cruz!
Su hermano, en cambio, es otra cosa.

No se complica la vida en absoluto. Salvo que escuche a su hermana con estas cosas y empiece a darle a la mollera.

- ¿Yo, qué sé hacer bien, mami?
- Pues dibujar, hijo. ¡Si dibujas de miedo!
- Ya, pero eso es para pequeños… los mayores no dibujan.
- ¿Cómo que no? ¿Y los pintores, qué hacen entonces?
- Pintar casas… y eso es muy aburrido.
- Tranquilo, hijo, que ya encontrarás algo que te guste.
- No sé… es que yo sólo sé comer, jugar y ver la tele. ¿De mayor se puede ver la tele trabajando?

Dios de mi vida, qué inocencia… ¡pues claro que se puede!
Conozco ya varios casos, que hacen como que curran y se están tragando el magazín de Anachocha.

Pero eso no se lo digo al chaval, no vaya a ser que se emocione y mande los libros a la porra. Sería la leche, tener viviendo en casa hasta los cincuenta años a una gimnasta en paro y un televidente sedentario. ¿Te lo imaginas?

Estos hijos míos… ¡me van a buscar la ruina!


martes, 8 de junio de 2010

¡Estoy del reciclaje hasta las mamellas!

No puedo más.

Tengo la cocina que parece una oficina de Correos (de Correos Postales, no de lo otro, ¡¡¡so guarros!!!).

Mires donde mires, te encuentras bolsas de basura de 50 litros: una de color amarillo, otra azul, otra verde y una cuarta, de color variable, que nunca sabemos para qué sirve.

Mis hijos me han enseñado que en la amarilla tengo que meter todos los envases plásticos. A mí esto me descoloca. Me parece que hay lagunas, porque, por ejemplo, me como un yogur y ¿qué hago?: ¿arranco la etiqueta (claramente de papel) y tiro el envase (de plástico) a la amarilla? ¿Y si quedan restos pegaditos a las paredes (lógicamente orgánicos), cómo me las compongo? ¿Tengo que lavar el Activia con jabón para que la máquina de reciclado no se vuelva loca? ¿O lo lanzo a lo loco y sin pensar a la bolsa y ya lo rechupetearán los de la central de reciclaje?

Sigo, que esto va pa largo.

Bolsa azul: envases de cartón y papel. Vale, vale. Ya me voy aclarando. Entonces, aquí es donde debo echar la etiquetilla del yogur que tenía todavía en la mano, ¿no? Me cago en todo lo cagable, de verdad. Llevo media hora pensando dónde coño echar cada cosa. Y mis niños no tardan ni dos segundos. Cronometrados, ¿eh?. En buena hora los matriculé en un colegio de pago. Si lo sé, los mando al municipal, que fijo que allí tiran los chicles sin envolverlos en papel siquiera…

Bolsa verde: vidrio. Claro. Es la más fácil, porque la mayoría de botellas de esta casa son de ese color (las de vinillo y las de Heineken, vaya, que hay que explicarlo todo). Aquí no puedo fallar, porque es la única que está pensada “pa tontos”. Como la menda…

Bolsa variable: esta semana, toca color gris. Es para el resto de cosas. Las que no sabes dónde ubicar, también conocida como la sección de “Varios” o “Inclasificables”. Sobra decir que es la que primero se llena. Porque mi “santo” anda más perdido que yo, si cabe, y lo mete todo en la gris, con la excusa de “si total, los niños ni se enteran”.

Ya. Que te lo has creído, chavalote.

Ha llegado la niña del colegio y, al ver la bolsa gris tan hinchada, ha decidido interpretar su mejor papel: el de “inspector de residuos”. Con la mirada contrariada, se ha puesto a sacar envases chorreantes, paquetes troceados por mi “santo” y demás envoltorios arrugados. Me ha increpado “vais a ir a la seño” con su peor gesto y yo, muerta de vergüenza, he dicho lo único que mi pundonor me permitía: “yo no he sido, ha sido tu padre”.

Toma ya. A ver cómo lo arreglas, chulapo.

lunes, 24 de mayo de 2010

¿Éramos tontos?

A los niños de hoy en día ya no se les engaña fácilmente.
No son como nosotros, que tragábamos con todo.
Mis hijos, por ejemplo, se las saben todas. Como les saques de los Jonas Brothers, los Gormitis o Bob Esponja, te empiezan a hacer preguntas y te dejan con el culo al aire.

El problema es que a mí me toca un pie que se pasen el fin de semana hilando capítulo tras capítulo de Sin-Chan, porque es un personaje un tanto exhibicionista, con un padre machista y una madre abnegada con pinta de maltratada, que no creo que pueda servir de ejemplo a ningún chaval. Pero, como a ellos les hace tanta gracia, no hay forma de cambiar de canal. Se quedan como hipnotizados.

Pero a mí, a burra, no me gana nadie, así que he conseguido un par de DVDs de los programas de mi niñez y, tras esconder sus pelis en el armarito del baño (que es el más alto de la casa), les dije que se prepararan para ver series de calidad, de las de mamá, de las de toda la vida, vaya, que esas sí que son instructivas y divertidas.

- Mami- me salta la cría a las primeras de cambio- esa cosa rosa, con pinchos y ojos saltones, que encima habla… no será un erizo, ¿verdad?
- Hmmm… sí, cariño, se llama Espinete y es muy simpático.
- Entonces…. ¿es o no es un erizo?- mi hija es así: las cosas tienen que quedarle claras.
- Sí, hija, dices bien. Es un erizo.
- Un erizo que habla, ¿no?- me insiste de reojo y haciendo gestitos con la boca torcida.
- Sí. Habla, canta, se ríe y ya verás la de amiguitos que tiene.
- Amiguitos…. ¿Te refieres al panadero con pinta de borrachito y al Don Pimpón ese que ni sé qué animal representa?- me dice sospechosa.
- Sí, sí, pero el panadero es muy salado, ¿no crees?- y a mí que me encantaba Chema… pero el caso es que, ahora, bien visto, sí que tiene pinta de porrero, sí…
- ¿Salado? A mí me parece un triste…-sabrá ésta lo que es un triste, si los personajes de sus series tienen siempre la sonrisa puesta…
- ¿Y Don Pimpón? ¡No me digas que no es buenísimo!- yo, intentando motivarla.
- No sé muy bien qué animal es, con ese sombrero no me queda claro…
- Yo creo que es un buhíto, ¿no crees?- toda la vida he asumido que era un búho, no sabría decir por qué…
- Pues a mí me parece un hurón. Gordo, pero un hurón.
- ¿Un hurón? Hija, qué cosas tienes, ¡si es un búho de peluche, vamos, yo lo veo clarísimo!
- Pues yo no. Mami, ponme otra cosa que esto es para enanos y a mí no me hace ninguna gracia.

Bien, pues pongo la otra, que fijo que le encanta.
A los 5 minutos de visionado, ella empieza de nuevo a la carga:

- Hmmm mami, este niño que me has puesto… ¿viaja solo por el mundo?
- No, cariño, le acompaña su amigo, el mono Amedio.
- ¿Un mono? Eso es un bonobo, mamá. Es como un chimpancé enano- en buena hora le compré la Encarta.
- Pues eso, un mono.
- ¿Y le deja su papá ir con un bonobo? ¿Y de qué viven, mamá, de dónde sacan el dinerito para comer y sacarse el billete del barco?
- Hija, en los dibujos no siempre lo explican todo- ahí, ahí… lo has clavao, que empiece a darse cuenta que, en la vida, no todo tiene explicación racional.
- A lo mejor, como son dibujos, no tienen que comer, ¿eh, mami?
- Pssseee… puede ser….- ¿qué le digo yo a esta???
- Pues qué suerte.
- ¿Suerte? ¿Tú sabes que a Marco le abandonó su mamá y se tuvo que ir a la otra punta del mundo a buscarla, cielo?- estoy flipando yo sola, me lo noto…
- Por eso. Podía ver los dibujos que quisiera y jugar con su mono hasta las tantas- ¡toma indirecta que me acaba de soltar la cría!.
- Mira, cariño, mejor te pongo Hannah Montana y nos dejamos de tonterías, ¿te parece?- yo, claudicando, en mi línea… con razón en Francia prohibieron emitir Marco, porque podía ocasionar trastornos psicológicos a los chavales. Así estoy yo, enajenada perdida…
- Vale, mamá, pero luego no me digas que no he visto lo que tú querías, ¿eh? Y no me vuelvas a esconder los DVDs en el armarito del baño, que casi me caigo de la silla para bajarlos.

Cualquiera sigue con el repertorio.
La siguiente que tocaba era Heidi. Mejor me la guardo, junto con la Abeja Maya, Mazinger Z y el osito Misha, porque creo que van a fracasar estrepitosamente. No sé en qué momento crecieron lo suficiente para hacerme pasar por una blandita y una milindris, pero juraría que yo tragué con estos dibujos hasta, mínimo, los trece o catorce años…


¿Tan tontos éramos entonces y tan listos son ahora?

miércoles, 12 de mayo de 2010

Con estas manitas...

¡En qué lío me he metido!
Me dice la niña que les han mandado en el cole unas manualidades para hacer en casa y que necesitan la ayuda de los papás para que salgan bien. Yo, armada de toda mi paciencia, he agarrado la lista y me he propuesto hacer el mejor sistema solar que haya pisado ese colegio, que para eso sacaba sobresaliente en Ciencias Naturales y me sé los planetas al dedillo, gracias a las canciones de Enrique y Ana.

Todo parecía fácil y asequible, así que le dije a mi “santo” que no nos hacían falta sus manitas para nada. Que las chicas nos bastábamos solas. Error.

Acudo a la tienda de manualidades que hay en el centro y ya empieza mi mosqueo. Resulta que las pelotitas de porexpán, imprescindibles para hacer los planetas, están agotadas. ¡Malditos padres cabrones, que se me han adelantado para que mi hija pase vergüenza con pelotillas hechas a base de papel higiénico cubierto con esparadrapo! Ni hablar. Me voy a un sitio de venta al por mayor que conozco y fijo que tienen.

Efectivamente. Tenían. El diámetro de cada bolita es diez veces superior al que pedían en el cole, pero eso da igual. Mi hija va a tener un sistema solar a escala 1:1 y no se hable más. Lo malo es que los planetas han de “colgar” de un aro de un metro de diámetro y, si seguimos con las proporciones, el nuestro tendrá que tener 10 metros. Pues nada. ¡Lo que haga falta!. A ver dónde encuentro cartón-pluma suficiente para semejante ruedo. Tengo claro que no me va a caber en el coche, pero ya me las apañaré para transportarlo al colegio. ¿No consiguió la mamá de Anita meter en su 4x4 un chalet de cartón de tres alturas, que parecía el de Ronaldo, cuando nos habían insistido en que no midiera más de 30 centímetros? Pues mi hija no va a ser menos.

Como estáis empezando a comprender, las competiciones entre padres están a la orden del día en el colegio de mis hijos. Con las manualidades se ve lo peor de cada progenitor. Recuerdo el día que el padre de Laurita (instigador de esta guerra sin sentido) se presentó, el muy sinvergüenza, con una pecera de cristal de 2x2x4 metros, de agua climatizada a 20 grados perennes y pececitos de diseño, traídos expresamente del Amazonas (o parecido, porque yo no los había visto en mi vida y mira que estoy viajada). Los demás nos quedamos de una pieza, porque llevábamos botes de mermelada con la tapa agujereada o cajas de metacrilato (que ya me costó encontrar una, no os vayáis a creer que es tan fácil) llenas de animalitos y algas de plástico. Ahí, empezó una batalla sin cuartel que todavía perdura. Y que sólo puede ir a peor.

Como cuando Luisito acampó durante tres días (con sus noches) en las puertas del colegio, porque tenía que ser el primero en presentar su robot autómata y autónomo, que comía y hacía sus necesidades sin que nadie le tuviera que acompañar al baño. Claro, como su padre es Ingeniero de Telecomunicaciones, se las sabe todas en lo que a cableados y chips se refiere. Y yo, que soy de Letras, con una Nancy forrada de albal y mi hija, haciendo el ventrílocuo a lo José Luis Moreno, con frases ensayadas tipo: “Hola, mí llamarme Robot XP3, venir de lejano planeta interestelar, querer ser tu amigo”. Manda cojones… Qué bochorno pasó la pobre cría y qué risotadas se echaba el padre de Luisito, que será todo lo Ingeniero que tú quieras, pero también un cabrón con pintas.

En fin, que me he puesto a colorear los planetas con las témperas y no tenía litros suficientes para el diámetro de tanta bola. Sal a comprar más pintura, coge también unos aros para Saturno, una bombilla que haga de Sol y unas circunferencias oscuras. ¿Para qué?, os preguntaréis.

Pues para los agujeros negros, que mi hija esta vez se lleva el sobresaliente como está mandado. Ya verás qué bonito cuando salga al rellano… bueno, mejor al portal, que en el ascensor tampoco me entra, a montar todos los planetas, con sus satélites, sus anillos y sus agujeros negros… va a ser la envidia de todo el colegio. A ver dónde lo ponen. Fijo que lo montan en el salón de actos, porque lo que es en el aula, lo veo difícil.

A ver si el padre de Luisito me vuelve a soltar lo de “chapucera”, que le pego un mandoble que se le va a olvidar toda la carrera de Teleco del golpe.

miércoles, 14 de abril de 2010

Pero... ¿todo me tiene que pasar a mí?

  • Me siento en la sala de espera del dentista y se me coloca en la silla contigua una chica, aparentemente normal, que me empieza a contar su vida. No había más sillas, qué va. Tiene que sentarse en la de al lado. Encima, debe pensar que tengo cara de interés, a pesar de no haber levantado los ojos del Lecturas que había en la mesita auxiliar y que he agarrado nada más aposentarme. Me empieza a contar que tiene un niño de 10 meses que ha empezado a hablar y que se sabe el nombre de toda la familia, incluyendo primos y tíos segundos. Que sabe sumar y restar y come con cubiertos, así que han decidido llevarle a una guardería para superdotados. Yo asiento, hago que sigo leyendo las aventuras y desventuras de Sara Montiel y no digo ni "palote", no vaya a ser que ésta se crea que me interesan un carajo las aptitudes de su chiquillo. Pero ella, infatigable, me insiste en que a ver si yo tengo hijos y si me ha pasado lo mismo. "No", le digo yo rotunda, "no tengo hijos". Por evitarme lo del "cállate, so loro, no ves que soy una insociable". En buena hora. Me sale con aquello de que la gente tiene hijos cada vez más tarde y que así es imposible que te salgan superdotados y bla, bla, bla... La dentista que no viene, la de al lado que no calla y mi cabeza como un bombo. Así que me he levantado, he ido al mostrador de recepción, he cambiado mi hora con la excusa de una reunión ineludible y me he largado sin dar explicaciones a la madre de Einstein, que se ha quedado con la frase a medio decir buscando interlocutor. ¡Menuda petarda!


  • Nos vanos de finde a Port Aventura. Cargo con los niños, los bocatas y las biodraminas. Subimos al Dragon Khan después de una cola de 2 horas y media y me toca el pequeño al lado. En plena subida, me empieza con lo de "mami, mami, esto no empezará a bajar muy rápido, ¿verdad?". Yo le miro con los ojos desorbitados y… sí, lo que me temía: el crío se ha puesto más blanco que la pared de gotelé de la oficina. Aquello coge la vertical descendente y el chaval, clavando sus garritas en mi brazo, empieza a vomitar todo el desayuno y parte de la merienda-cena de anoche sobre mi persona. Yo no veía nada, sólo oía las arcadas y los chillidos de los de atrás. Llegamos a meta embadurnados de pota, pero él, gracias a la fuerza centrípeta, acabó impoluto. Milagros de la Física. El resto del día quedó para el olvido. No nos dejaban entrar en ninguna atracción por el olor nauseabundo que despedíamos y las bebidas las tuvo que ir a comprar el niño, que era el único que no apestaba como una mofeta.


  • Voy a hacer la compra y, como la despensa estaba “pelada” tras las vacaciones de Semana Santa, cojo el carrito y lo arrastro hasta el súper más cercano. Lo encadeno a los casilleros de la entrada siguiendo la recomendación del segurata, que no se fía ni de su madre y no te deja meter ni la sillita del niño por si te da por esconder comida entre los pañales de la criatura. Compro todo lo habido y por haber. Lleno dos carros gigantes y paso por caja. No compro bolsas reciclables ante la mirada atónita de la cajera, porque tengo mi mega-carro esperándome en la entrada. Pues no. Me lo han birlado. Miro al vigilante con cara de pocos amigos y le increpo aquello de “no se te escapa un brik de Orlando, pero los carros ni los ves, ¿eh, salao?”. No me digas. ¿Alguien se ha dedicado a sabotear el candado de mi carro con una horquilla y el tío ni se ha inmutado??? Vuelta a la caja, dile a la cara-perro que ahora lo que quieres es que te lo manden a casa y ella me suelta lo de: “haga la cola como todos, por favor”. No le he mordido el ojo por si se me abalanzaban en chombo las señoras de la fila. Me he puesto a la cola, dejando los dos carritos ya pagados tras la caja y vigilándolos desde mi puesto por si alguna lista se llevaba algo al pasar. Me ha costado casi 2 horas hacer la compra. Total, como me sobra el tiempo…

¿Soy yo la afortunada o esto le pasa a todo el mundo aunque no me lo cuenten?

jueves, 8 de abril de 2010

¡Qué bonita es la feria!


Se acercan peligrosamente los días de calorcito, de feria, de barracas a trillón y de música bakalata. Ya se huele en el ambiente. Me llegan hasta la ventana el aroma a churros recalentados y los gritos de los feriantes montando los cacharritos.

Mi hija se pone como loca pensando en todas las atracciones a las que va a subir, mientras su hermano, mucho más cauto, la mira escéptico y niega con la cabeza. Yo le pregunto:

-¿Qué pasa, hijo, no te quieres montar este año en las barracas?
- Mmmmm no, mami, este año, no- me dice convencido.
- ¿Y eso?
- No me quiero caer- dice él sin apartar la vista de sus Gormitis.
- Pero, hijo, ¿por qué te vas a caer?- yo insistiendo, como si regalaran los viajes.
- Porque están muy altas y las sujetan con palos- dice sin inmutarse.

Pues lleva razón el chaval. No conozco feria en la que los autos-de-choque no estén sujetos por ladrillos, bidones de cerveza y palitroques varios, pero nunca sucede nada, ¿no?. He llegado a pensar que muchos edificios podrían calzarlos así, porque parece que no hay Dios que lo tire y abarata los costes una barbaridad.

El caso es que este año tenemos nuevos feriantes. Anoche, llegaron familias y familias de rumanos al barrio. Era como una riada humana que, martillo en ristre, montaba y desmontaba hierros y tornillos. En una sola noche, han montado el tenderete frente a nuestro portal. Como el niño me dejó preocupada, me he acercado esta mañana a ver qué pinta tenían las diversas atracciones. Me he encontrado con esto:



Cágate lorito, que eso es una montaña rusa. No tiene ruedas, no tiene barreras, no tiene nada. Se han mangado dos bancos del parque infantil que hay un par de manzanas más allá y los han enganchado con cuerdas (que no hacen heridas ni nada con la fricción, cagüentó) a una especie de puerta que hace las veces de suelo y que a su vez va soldada a una barrera de obra que han chorizado a la constructora de la esquina. El precio por montar 1 vez en este prodigio de la Ingeniería más vanguardista es de 5 euros. Si compras el bono de 10 viajes, te sale a 49,50 euros. ¿Qué tipo de broma es esta? Espera, espera, que pegadito a la montaña rusa, estaba el carrusel infantil. Ojito al parche con los cables camuflados para evitar las descargas:



Pobres críos…. Se les van a quedar las piernas en carne viva. Estas pseudo-motos, al menos, llevan el sillín acolchado, pero si las vierais de cerca, os sorprendería la cantidad de golpes que les han metido en pleno eje para conseguir la curvatura del carrusel de marras. El precio, el mismito que la montaña rusa, con su bono-ganga y todo.

Pero esperad, que falta la atracción principal. Podríamos llamarla “los cestos voladores”:



Joder, pero si no se han molestado ni en bajarlos del camión. Pues no van a potar los críos en esa cosa … No tienen ni asientos, ni protectores de dientes, ni nada que te haga suponer que los niños no van a salir volando al primer golpe de dinamo del camión. No quiero ni imaginarme los traumatismos que va a haber en estas fiestas que se aproximan.

He vuelto a casa horrorizada y les he dicho a los niños que este año no hay barracas. Que las notas no han sido todo lo buenas que deberían ser y que mejor lo dejamos para otra vez. La niña ha montado en cólera y se ha ido a su cuarto a llorar a gusto. El otro, en cambio, ha venido, me ha dado un beso y me ha dicho:

- Gracias, mami. Llevaba sin dormir 2 noches pensando que me tenía que subir a la montaña rusa.

Pobrecito mío. Si es que, a veces, les metemos en cada embolao

sábado, 13 de marzo de 2010

El cumpleaños infantil...

Hoy mi niño cumplía 5 añazos. “¡Toda la mano, mamá!”- como dice él.

Había que organizarle una festolina, porque la ocasión lo merecía y, aprovechando que caía en sábado, he podido dedicar la mañana a comprar y preparar todo aquello que no puede faltar en una fiesta infantil, a saber, tortillas de patata, sándwiches de nocilla y chorizo-cantimpalo, chuches, tarta y piñata. Es el pack básico, como toda buena madre que se precie sabe de rechupete.

Bien, pues me he levantado con el tiempo suficiente para llevar todo esto a cabo, cuando mi hija, generosa y dispuesta como pocas, me ha insistido en que “yo te ayudo mamá, que verás qué rápido lo hacemos entre las dos”. Vale. La niña quiere sentirse útil, pues vamos a darle gusto, que en el cole no hacen más que hablarme de eso del “tiempo de calidad, ya que no podemos darle cantidad” y se deben referir a este tipo de situaciones, digo yo… y hemos empezado por las tortillas de patata. Yo pelaba las patatas y ella batía los huevos, que tampoco es plan de empezar un cumpleaños en urgencias, he pensado yo para mis adentros

En esas estábamos, pelando, cortando, batiendo, cuando mi hija me empieza a contar hasta 500, porque oye, lo tiene dominao, y “si no me crees, mami, verás cómo te lo demuestro”. Yo, “que sí, hija, si seguro que sabes hasta 1000”. “No, mamá, te he dicho 500 y no me líes que me confundo”, insistía ella. La menda seguía pelando pacientemente, cuando ella, contando con los dedos a la vez que batía las yemas, va y… zas, empujón al bol que te arreo. Todos los huevos desparramaos por la madera de la cocina (lo sé, el alma-pensante que me puso madera en el suelo de la cocina es un mal amigo, pero lo bonito que queda, con sus vetas, sus lamparones de aceite, sus pegotes de mermelada…). ¿Y ahora qué? Pues a encargar las tortillas, que no tengo tiempo de salir a comprar y volver a casa a prepararlas, que me van a llegar los niños y a ver qué les llevo yo a la boca.

Limpia todo, viste a la niña (que seguía insistiendo en lo de minimizar esfuerzos si nos uníamos en las tareas combinadas), vístete tú, engaña al cumpleañero con aquello de “me llevo a tu hermana a Misa” (siempre funciona) y sal volando a por lo que te falta. Es decir, todo.

He encargado las tortillas y la tarta, con sus velitas de dinosaurio y todo, en tiempo récord. He entrado al súper, he comprado los embutidos y medias noches a la vez que arrancaba de las garras de mi hija la colonia de Tarta de Fresa y 3 huevos Kinder. No veas cómo nos miraba el segurata. Ya me estaba imaginando a mi niña, tan fina ella, esposada camino del calabozo. Y yo insistiendo: “nenaaa, seguro que no te queda nada en los bolsillos, verdad?? Mira que este señor se puede enfadar mucho si pitas al salir, eh???”. El calvo, que no nos quitaba ojo, daba vueltas alrededor como un buitre con bulimia esperando pegarse el atracón. Bueno, salvada la papeleta, hemos tirado para la juguetería donde siempre, pero siempre ¿eh?, tienen piñatas. Pues hoy no. Se habían terminado, mira por dónde. Ha debido haber una convención de chipirifláuticos cumpleañeros en mi ciudad y se han agotado. Y, como siempre pasa, te sueltan lo de “justo esa señora se acaba de llevar la última”. Qué casualidad. Que siempre me toque a mí la japuta que arrampla con todo. La he mirado con mi peor cara, ella ha puesto los ojos bizcos como si no me viera y yo le he gritado a la niña, bien alto y claro para que todos lo oyeran: “vámonos, cariño, que sé de un sitio donde las tienen mucho más bonitas y mucho más baratas”. A la juguetería ya no vuelvo, claro. Soy persona non grata a todos los efectos. Pero me he quedado muy a gusto.

Hemos ido al otro sitio, donde me han sableado 35 euros por una piñata de papel-pinocho (de llorar) y, de ahí, al kiosko de Maruchi, que tiene chuches de todos los colores y nunca me falla con las piruletas a granel. Cerrado por defunción. ¿Pero quién se le ha podido morir a Maruchi, si no ha cerrado el kiosko jamás-de-los-jamases en los 36 años que hace que la conozco? ¿Esto es un complot? ¿Se han aliado los planetas y las estrellas enanas contra mí? Pues nada, tira pa la pastelería que algo tendrán.

La piñata va a estar rellena de bombones-licor, chuchitos-borrachos y magdalenas al kirsch. Verás la que se monta cuando las madres recojan a los niños y los vean con los ojillos perdidos… yo no quiero saber nada. El niño quiere piñata y va a tener piñata. Por mis muelas.

De ahí, a recoger las tortillas y la tarta y vuelta al hogar, a colocar todo, inflar los globos y esperar a los amiguitos. El resto de la tarde ha transcurrido sin mayores incidencias. Sólo me han roto 3 sillas y la puerta de la secadora. No está tan mal. El año pasado fue mucho peor. Tuvimos que llamar a los bomberos porque Luisito se había quedado atascado en la máquina de hielos y no había quién lo sacara. Cada vez que alguien pedía una limonada, teníamos que apartar al niño como podíamos porque los hielos le caían sobre los ojos y no paraba de llorar. Su madre no le echó cuentas porque Luisito es un niño conflictivo y la terapia consiste en “no hacerle caso durante un rato hasta que se le pase”, palabras textuales. Así que el niño echó la tarde poniéndonos los cubitos en el vaso con la lengua sin mayor dificultad. La fiesta se le debió de hacer larga al pobre, porque este año no ha venido. Una suerte. Se me llega a atascar otra vez, cargadito de bizcochos borrachos, y no quiero ni pensar en las consecuencias…

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