- Me siento en la sala de espera del dentista y se me coloca en la silla contigua una chica, aparentemente normal, que me empieza a contar su vida. No había más sillas, qué va. Tiene que sentarse en la de al lado. Encima, debe pensar que tengo cara de interés, a pesar de no haber levantado los ojos del Lecturas que había en la mesita auxiliar y que he agarrado nada más aposentarme. Me empieza a contar que tiene un niño de 10 meses que ha empezado a hablar y que se
sabe el nombre de toda la familia, incluyendo primos y tíos segundos. Que sabe sumar y restar y come con cubiertos, así que han decidido llevarle a una guardería para superdotados. Yo asiento, hago que sigo leyendo las aventuras y desventuras de Sara Montiel y no digo ni "palote", no vaya a ser que ésta se crea que me interesan un carajo las aptitudes de su chiquillo. Pero ella, infatigable, me insiste en que a ver si yo tengo hijos y si me ha pasado lo mismo. "No", le digo yo rotunda, "no tengo hijos". Por evitarme lo del "cállate, so loro, no ves que soy una insociable". En buena hora. Me sale con aquello de que la gente tiene hijos cada vez más tarde y que así es imposible que te salgan superdotados y bla, bla, bla... La dentista que no viene, la de al lado que no calla y mi cabeza como un bombo. Así que me he levantado, he ido al mostrador de recepción, he cambiado mi hora con la excusa de una reunión ineludible y me he largado sin dar explicaciones a la madre de Einstein, que se ha quedado con la frase a medio decir buscando interlocutor. ¡Menuda petarda!
- Nos vanos de finde a Port Aventura. Cargo con los niños, los bocatas y las biodraminas. Subimos al Dragon Khan después de una cola de 2 horas y media y me toca el pequeño al lado. En plena subida, me empieza con lo de "mami, mami, esto no empezará a bajar muy rápido, ¿verdad?". Yo le miro con los ojos desorbitados y… sí, lo que me temía: el crío se ha puesto más blanco que la pared de gotelé de la oficina. Aquello coge la vertical descendente y el chaval, clavando sus garritas en mi brazo, empieza a vomitar todo el desayuno y parte de la merienda-cena de anoche sobre mi persona. Yo no veía nada, sólo oía las arcadas y los chillidos de los de atrás. Llegamos a meta embadurnados de pota, pero él, gracias a la fuerza centrípeta, acabó impoluto. Milagros de la Física. El resto del día quedó para el olvido. No nos dejaban entrar en ninguna atracción por el olor nauseabundo que despedíamos y las bebidas las tuvo que ir a comprar el niño, que era el único que no apestaba como una mofeta.
- Voy a hacer la compra y, como la despensa estaba “pelada” tras las vacaciones de Semana Santa, cojo el carrito y lo arrastro hasta el súper más cercano. Lo encadeno a los casilleros de la entrada siguiendo la recomendación del segurata, que no se fía ni de su madre y no te deja meter ni la sillita del niño por si te da por esconder comida entre los pañales de la criatura. Compro todo lo habido y por haber. Lleno dos carros gigantes y paso por caja. No compro bolsas reciclables ante la mirada atónita de la cajera, porque tengo mi mega-carro esperándome en la entrada. Pues no. Me lo han birlado. Miro al vigilante con cara de pocos amigos y le increpo aquello de “no se te escapa un brik de Orlando, pero los carros ni los ves, ¿eh, salao?”. No me digas. ¿Alguien se ha dedicado a sabotear el candado de mi carro con una horquilla y el tío ni se ha inmutado??? Vuelta a la caja, dile a la cara-perro que ahora lo que quieres es que te lo manden a casa y ella me suelta lo de: “haga la cola como todos, por favor”. No le he mordido el ojo por si se me abalanzaban en chombo las señoras de la fila. Me he puesto a la cola, dejando los dos carritos ya pagados tras la caja y vigilándolos desde mi puesto por si alguna lista se llevaba algo al pasar. Me ha costado casi 2 horas hacer la compra. Total, como me sobra el tiempo…
¿Soy yo la afortunada o esto le pasa a todo el mundo aunque no me lo cuenten?

