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domingo, 16 de mayo de 2010

A vueltas con la prima Maruja


¿Os acordáis del post en el que os hablaba de mi prima Maruja, aquella con un gran don de gentes a la que sólo le faltaba hablar?

Bien, pues ha venido de visita (sin avisar, claro). Ha dejado el pueblo unos días (Cornalejos del Monte, por si no lo recordáis), asqueada de las vecinas chafarderas y el párroco metomentodo que, dice, no le dejan vivir en paz y armonía y se ha aposentado en mi casa, con cuatro maletas y la jaula del periquito. No sé qué demonios habrá metido en las maletas. Supongo que el alpiste del pájaro y poco más, porque mi prima no es que se preocupe mucho por la ropa, por decirlo suavemente. Lo de las cuatro maletas me tiene un tanto “mosca”, si os soy sincera. Me huele a temporada larga de vacaciones y en casa no es que nos sobre el espacio exactamente…

Se ha puesto a sacar de las dos primeras maletas ristras y ristras de chorizos y morcillas, como si viniera a pasar la guerra… pero la de los cien años o así, ¿eh?. Entre tanto colesterol, me ha parecido ver un par de lomos embuchados y dos o tres latas de sardinillas. Un tupper de callos con todos sus sacramentos y otro de algo parecido a garbanzos con costilla, pero no he querido preguntar, porque se ha puesto a guardarlo todo cual posesa en los cajones de la mesilla, como si no la hubiésemos visto. Espero que se lo coma rapidito, porque si no, va a oler la habitación a lo que yo te diga… ¿Habrá pasado hambre en casa alguna vez, me pregunto yo? ¿Y dónde lo mete? Porque tampoco es que le sobren tantos kilos… qué cosas…

Después de vaciar el contenido de todas sus bolsas, nos la hemos llevado de paseo por el centro. He tenido que explicarles a los niños que mi prima es muy expresiva. Que se entusiasma fácilmente y te lo hace saber. Así que, si la ven dando gritos o soltando palabrotas, ni la escuchen. Pero ha sido imposible. Porque, nada más llegar al centro, se ha puesto como loca a saludar a todos los viandantes, como una borrachita cualquiera, levantando la mano a lo “princesa Letizia” y gritando a todo pulmón: “taluegooo, majeteeeeesss”. Los niños la miraban y la imitaban, saludando efusivamente a quisqui. Les he tenido que contar que, en los pueblos, todo el mundo se saluda y que por eso, la prima Maruja tiene esa costumbre, pero que ellos no tenían por qué abrazar al de la ONCE o dar dos besos al quiosquero. Se han llevado un disgusto que no veas…

Del centro hemos ido al cine. En buena hora. A mi “santo” no se le ha ocurrido mejor cosa que invitarnos a todos a ver una película en 3D porque, dice, en los pueblos no tienen de eso y Maruja iba a disfrutar un montón. Ya te digo. Casi nos echan por culpa de los gritos y las risotadas de mi prima. Se ha pasado la película alzando los brazos, intentando coger cosas que pasaban a su lado y levantándose cuando creía que algo le iba a dar en todo el ojo. Y los niños, otra vez, haciéndose los graciosos, copiando todos los movimientos de la prima. Porque es mucho más divertido que estarse sentaditos y calladitos, como les dice mamá. Volaban las palomitas, las gominolas han acabado en el cardado de alguna señora y el vaso de coca-cola se ha vaciado enterito sobre mi bolso. Tengo la cartera cubierta de churretes de líquido marrón que no hay forma de sacar con nada. Menuda odisea.

La cena en casa no ha estado mal. La prima Maruja ha decidido que “compartir es vivir” y ha sacado los garbanzos de la cómoda, con lo que me ha ahorrado preparar cena para cinco. Los niños han protestado, porque eso de cenar garbanzos con costilla no mola a su edad, pero han claudicado al escuchar las amenazas de Maruja si no se los comían. Qué efectividad. Estoy por contratarla de niñera-Rottermeier, porque no tiene precio asustando a la chavalería. Han dejado el plato reluciente, al grito de “si no saco al periquito de la jaula y veréis cómo os deja el culo a picotazos”. Ni han chistado…

Por la noche, con los niños ya acostados y más tranquilos, nos hemos sentado a charlar con ella y nos ha confesado la verdadera razón de su huída del pueblo. Resulta que el párroco ha empezado a “tirarle los trastos” y Maruja ya no sabe cómo darle largas. Dice que la llama todos los días y la invita a tomar café en la sacristía. Y que la gota que ha colmado el vaso ha sido una invitación a pasar con él un fin de semana en una casa que tiene la parroquia en lo alto del monte para, según él, practicar unos ejercicios espirituales que le van a dejar el alma como nueva.

Maruja se teme que lo que el párroco quiere dejarle como nuevo es más bien el agujero de ozono. Así que, por no faltarle al respeto, ha preferido coger el portante y escapar del pueblo unos días a ver si al cura se le pasa el sofocón y se busca otro objetivo.

“Que se tire a la maestra, que lo está deseando”, nos dice Maruja ofendida mientras le suena el móvil insistentemente. “Míralo, es él”, nos comenta mostrando la pantalla iluminada del teléfono. “Ya estará nerviosito perdío porque se le ha escapado la gallina del gallinero. Pues no pienso contestar, ea, que se la menee la del estanco, que de algo le tiene que servir el Parkinson”.

Ya os digo que mi prima no es muy sutil…

viernes, 26 de febrero de 2010

La prima Maruja

Hoy ha venido del pueblo mi prima Maruja.
Cómo describírosla.
Es un híbrido entre la Ramona y Aída, con aires de grandeza-de-mercadillo y un glamour que quita el sentido-común.

Para empezar, ella no viaja ni en coche ni en avión. Los considera inventos del demonio, según sus propias palabras. Se lo ha dicho el párroco de Cornalejos del Monte, donde vive, que es el que confiesa al pueblo entero y se las sabe todas.

Maruja sólo viaja en tren. En coche-cama, para ser más exactos. Así lo hacían sus padres, sus abuelos y todos sus antepasados. Para qué cambiar.

Es una mujer con tiempo (“ónde vas, prima, no corras que vas a derrapar!!!???”) y un cuidado don de gentes (“y este es el tío aquel que se sacaba los mocos a dos manos cuando vine la otra vez??? Pues encantada de nuevo, majete!!!”).

No es muy viva, para qué engañarnos, y hay que leerla entre líneas (“no entiendo una mierda: qué son todas estas rayas de colores en este papelillo? Es el plano del metro, prima, el plano del metro”…).

Se emociona con cualquier objeto desconocido (“ayyy qué cosicaaa, y dices que la has llamado Barbie???”) y no se deja amedrentar por cualquiera (“usted, vuélvame a rozar con la cesta y le pego dos mandobles que da tres vueltas a la cola del súper”).

Cada vez que sale en la tele algo parecido a “Noticia, noticia bomba!!! Una tía ha dicho en público que Confucio inventó la confusión!!!", yo me pongo a rezarle a San Pancracio: por favor, por favor, que no haya sido la prima Maruja...

De pequeñas, nos llevábamos de maravilla. Nadie como ella para atrapar renacuajos en el río y arrancarles las alas a las moscas, que “verás qué movimiento más gracioso les queda a las jodías”. Nunca ha tenido mascota, porque de niña le mordió Sonrisas, el conejo de la Rosita, la que vivía encima de la cuadra, y decidió que los animales no eran de fiar. Así que cada vez que se cruza con un perro, le da disimuladamente golpecitos con el bolso en el hocico, a la vez que grita al dueño: “su perro me ha mirado mal!!! Señora, es que está tuerto. Que no, que me ha guiñado el ojo, leches!!!”.

Es una auténtica trendspotter (“mira qué mona me queda la falda-pantalón que me compré el otro día en el mercadillo de la plaza, a que se la veo a alguna lagarta de la tele en dos días???. Cierto, cierto, prima y, encima, esta vez, no se te transparenta nada”) y me deja anonadada cuando le da por hacerse la sabihonda (“pues he visto en la tele que se venden unos zapatos monísimos de un tal Manolo-López-Gómez-o-yo-qué-sé, que van a ser el último grito. Tengo que preguntarle a la Jessi si los va a traer al mercadillo. Te compro un par???”). Todavía recuerdo mi último regalo de cumpleaños con pavor: unas sandalias de plástico color rojo-magenta que brillaban al sol cual luciérnagas en celo. Menuda cagada.

Ya de adultas, nos hemos ido distanciando. Ella no tiene ordenador (le ha dicho el párroco que se te puede meter cualquiera en casa por la pantalla), ni teléfono móvil (porque “el alcalde nos ha puesto una cabina en la plaza y hay que amortizarla”) y las comunicaciones así, tan limitadas, han hecho que no hablemos con la asiduidad de antes. Por eso, cada vez que viene de visita, me pone al día y me cuenta, por ejemplo, que se ha echado un novio hippie que fuma “hierba que debe coger de la campa de la Ambrosia” y que la maestra de la escuela es “un pendón desorejao que deja a los niños leyendo el catecismo mientras se acerca a la peluquería de la Yoli a que le pongan los bigudís porque ha quedao con Juanito, el del estanco, pa ir a la romería de Santa Brígida”.

Como veis, ella es un pozo de sabiduría agreste.

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