¿Os acordáis del post en el que os hablaba de mi prima Maruja, aquella con un gran don de gentes a la que sólo le faltaba hablar?
Bien, pues ha venido de visita (sin avisar, claro). Ha dejado el pueblo unos días (Cornalejos del Monte, por si no lo recordáis), asqueada de las vecinas chafarderas y el párroco metomentodo que, dice, no le dejan vivir en paz y armonía y se ha aposentado en mi casa, con cuatro maletas y la jaula del periquito. No sé qué demonios habrá metido en las maletas. Supongo que el alpiste del pájaro y poco más, porque mi prima no es que se preocupe mucho por la ropa, por decirlo suavemente. Lo de las cuatro maletas me tiene un tanto “mosca”, si os soy sincera. Me huele a temporada larga de vacaciones y en casa no es que nos sobre el espacio exactamente…
Se ha puesto a sacar de las dos primeras maletas ristras y ristras de chorizos y morcillas, como si viniera a pasar la guerra… pero la de los cien años o así, ¿eh?. Entre tanto colesterol, me ha parecido ver un par de lomos embuchados y dos o tres latas de sardinillas. Un tupper de callos con todos sus sacramentos y otro de algo parecido a garbanzos con costilla, pero no he querido preguntar, porque se ha puesto a guardarlo todo cual posesa en los cajones de la mesilla, como si no la hubiésemos visto. Espero que se lo coma rapidito, porque si no, va a oler la habitación a lo que yo te diga… ¿Habrá pasado hambre en casa alguna vez, me pregunto yo? ¿Y dónde lo mete? Porque tampoco es que le sobren tantos kilos… qué cosas…
Después de vaciar el contenido de todas sus bolsas, nos la hemos llevado de paseo por el centro. He tenido que explicarles a los niños que mi prima es muy expresiva. Que se entusiasma fácilmente y te lo hace saber. Así que, si la ven dando gritos o soltando palabrotas, ni la escuchen. Pero ha sido imposible. Porque, nada más llegar al centro, se ha puesto como loca a saludar a todos los viandantes, como una borrachita cualquiera, levantando la mano a lo “princesa Letizia” y gritando a todo pulmón: “taluegooo, majeteeeeesss”. Los niños la miraban y la imitaban, saludando efusivamente a tó quisqui. Les he tenido que contar que, en los pueblos, todo el mundo se saluda y que por eso, la prima Maruja tiene esa costumbre, pero que ellos no tenían por qué abrazar al de la ONCE o dar dos besos al quiosquero. Se han llevado un disgusto que no veas…
Del centro hemos ido al cine. En buena hora. A mi “santo” no se le ha ocurrido mejor cosa que invitarnos a todos a ver una película en 3D porque, dice, en los pueblos no tienen de eso y Maruja iba a disfrutar un montón. Ya te digo. Casi nos echan por culpa de los gritos y las risotadas de mi prima. Se ha pasado la película alzando los brazos, intentando coger cosas que pasaban a su lado y levantándose cuando creía que algo le iba a dar en todo el ojo. Y los niños, otra vez, haciéndose los graciosos, copiando todos los movimientos de la prima. Porque es mucho más divertido que estarse sentaditos y calladitos, como les dice mamá. Volaban las palomitas, las gominolas han acabado en el cardado de alguna señora y el vaso de coca-cola se ha vaciado enterito sobre mi bolso. Tengo la cartera cubierta de churretes de líquido marrón que no hay forma de sacar con nada. Menuda odisea.
La cena en casa no ha estado mal. La prima Maruja ha decidido que “compartir es vivir” y ha sacado los garbanzos de la cómoda, con lo que me ha ahorrado preparar cena para cinco. Los niños han protestado, porque eso de cenar garbanzos con costilla no mola a su edad, pero han claudicado al escuchar las amenazas de Maruja si no se los comían. Qué efectividad. Estoy por contratarla de niñera-Rottermeier, porque no tiene precio asustando a la chavalería. Han dejado el plato reluciente, al grito de “si no saco al periquito de la jaula y veréis cómo os deja el culo a picotazos”. Ni han chistado…
Por la noche, con los niños ya acostados y más tranquilos, nos hemos sentado a charlar con ella y nos ha confesado la verdadera razón de su huída del pueblo. Resulta que el párroco ha empezado a “tirarle los trastos” y Maruja ya no sabe cómo darle largas. Dice que la llama todos los días y la invita a tomar café en la sacristía. Y que la gota que ha colmado el vaso ha sido una invitación a pasar con él un fin de semana en una casa que tiene la parroquia en lo alto del monte par
a, según él, practicar unos ejercicios espirituales que le van a dejar el alma como nueva.
Maruja se teme que lo que el párroco quiere dejarle como nuevo es más bien el agujero de ozono. Así que, por no faltarle al respeto, ha preferido coger el portante y escapar del pueblo unos días a ver si al cura se le pasa el sofocón y se busca otro objetivo.
“Que se tire a la maestra, que lo está deseando”, nos dice Maruja ofendida mientras le suena el móvil insistentemente. “Míralo, es él”, nos comenta mostrando la pantalla iluminada del teléfono. “Ya estará nerviosito perdío porque se le ha escapado la gallina del gallinero. Pues no pienso contestar, ea, que se la menee la del estanco, que de algo le tiene que servir el Parkinson”.
Ya os digo que mi prima no es muy sutil…
Bien, pues ha venido de visita (sin avisar, claro). Ha dejado el pueblo unos días (Cornalejos del Monte, por si no lo recordáis), asqueada de las vecinas chafarderas y el párroco metomentodo que, dice, no le dejan vivir en paz y armonía y se ha aposentado en mi casa, con cuatro maletas y la jaula del periquito. No sé qué demonios habrá metido en las maletas. Supongo que el alpiste del pájaro y poco más, porque mi prima no es que se preocupe mucho por la ropa, por decirlo suavemente. Lo de las cuatro maletas me tiene un tanto “mosca”, si os soy sincera. Me huele a temporada larga de vacaciones y en casa no es que nos sobre el espacio exactamente…
Se ha puesto a sacar de las dos primeras maletas ristras y ristras de chorizos y morcillas, como si viniera a pasar la guerra… pero la de los cien años o así, ¿eh?. Entre tanto colesterol, me ha parecido ver un par de lomos embuchados y dos o tres latas de sardinillas. Un tupper de callos con todos sus sacramentos y otro de algo parecido a garbanzos con costilla, pero no he querido preguntar, porque se ha puesto a guardarlo todo cual posesa en los cajones de la mesilla, como si no la hubiésemos visto. Espero que se lo coma rapidito, porque si no, va a oler la habitación a lo que yo te diga… ¿Habrá pasado hambre en casa alguna vez, me pregunto yo? ¿Y dónde lo mete? Porque tampoco es que le sobren tantos kilos… qué cosas…
Después de vaciar el contenido de todas sus bolsas, nos la hemos llevado de paseo por el centro. He tenido que explicarles a los niños que mi prima es muy expresiva. Que se entusiasma fácilmente y te lo hace saber. Así que, si la ven dando gritos o soltando palabrotas, ni la escuchen. Pero ha sido imposible. Porque, nada más llegar al centro, se ha puesto como loca a saludar a todos los viandantes, como una borrachita cualquiera, levantando la mano a lo “princesa Letizia” y gritando a todo pulmón: “taluegooo, majeteeeeesss”. Los niños la miraban y la imitaban, saludando efusivamente a tó quisqui. Les he tenido que contar que, en los pueblos, todo el mundo se saluda y que por eso, la prima Maruja tiene esa costumbre, pero que ellos no tenían por qué abrazar al de la ONCE o dar dos besos al quiosquero. Se han llevado un disgusto que no veas…
Del centro hemos ido al cine. En buena hora. A mi “santo” no se le ha ocurrido mejor cosa que invitarnos a todos a ver una película en 3D porque, dice, en los pueblos no tienen de eso y Maruja iba a disfrutar un montón. Ya te digo. Casi nos echan por culpa de los gritos y las risotadas de mi prima. Se ha pasado la película alzando los brazos, intentando coger cosas que pasaban a su lado y levantándose cuando creía que algo le iba a dar en todo el ojo. Y los niños, otra vez, haciéndose los graciosos, copiando todos los movimientos de la prima. Porque es mucho más divertido que estarse sentaditos y calladitos, como les dice mamá. Volaban las palomitas, las gominolas han acabado en el cardado de alguna señora y el vaso de coca-cola se ha vaciado enterito sobre mi bolso. Tengo la cartera cubierta de churretes de líquido marrón que no hay forma de sacar con nada. Menuda odisea.
La cena en casa no ha estado mal. La prima Maruja ha decidido que “compartir es vivir” y ha sacado los garbanzos de la cómoda, con lo que me ha ahorrado preparar cena para cinco. Los niños han protestado, porque eso de cenar garbanzos con costilla no mola a su edad, pero han claudicado al escuchar las amenazas de Maruja si no se los comían. Qué efectividad. Estoy por contratarla de niñera-Rottermeier, porque no tiene precio asustando a la chavalería. Han dejado el plato reluciente, al grito de “si no saco al periquito de la jaula y veréis cómo os deja el culo a picotazos”. Ni han chistado…
Por la noche, con los niños ya acostados y más tranquilos, nos hemos sentado a charlar con ella y nos ha confesado la verdadera razón de su huída del pueblo. Resulta que el párroco ha empezado a “tirarle los trastos” y Maruja ya no sabe cómo darle largas. Dice que la llama todos los días y la invita a tomar café en la sacristía. Y que la gota que ha colmado el vaso ha sido una invitación a pasar con él un fin de semana en una casa que tiene la parroquia en lo alto del monte par
a, según él, practicar unos ejercicios espirituales que le van a dejar el alma como nueva.Maruja se teme que lo que el párroco quiere dejarle como nuevo es más bien el agujero de ozono. Así que, por no faltarle al respeto, ha preferido coger el portante y escapar del pueblo unos días a ver si al cura se le pasa el sofocón y se busca otro objetivo.
“Que se tire a la maestra, que lo está deseando”, nos dice Maruja ofendida mientras le suena el móvil insistentemente. “Míralo, es él”, nos comenta mostrando la pantalla iluminada del teléfono. “Ya estará nerviosito perdío porque se le ha escapado la gallina del gallinero. Pues no pienso contestar, ea, que se la menee la del estanco, que de algo le tiene que servir el Parkinson”.
Ya os digo que mi prima no es muy sutil…