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jueves, 20 de mayo de 2010

Los hombres deben estar locos

¿Qué les pasa a los hombres con el “Just for Men”?
¿Se vuelven locos y se echan cantidades industriales? ¿No les coge bien el color porque confían en el tono de la foto sin percatarse de que, con tanta cana, no va a quedar igual? ¿Es un problema de vista, que les impide diferenciar el castaño-violín del rubio-apagado?

Algo tiene que haber. De lo contrario, a ver cómo te explicas que el bueno de Nicolas Cage haya dado por válido semejante estropicio capilar:

¡Uyyyy, Nick, qué natural te han dejadoooo! ¡No se te nota ná de ná! Vamos, como si hubieras nacido con una tremenda peluca rubia-panocha que te nace a media cabeza. ¡No se va a dar cuenta ni tu madre, guapo, más que guapo!

Creo que la edad genera inseguridades en los hombres. Eso, unido al síndrome de Peter Pan que les acompaña hasta la tumba, es un caldo de cultivo estupendo para este tipo de atrocidades. Llegada cierta edad, se pagan los implantes capilares “pelo de muñeca”, los dientes de mármol de Carrara y se dejan la barbita de cuatro días, porque George Michael dijo en su día que aquello era sexy y no se hable más. Salen a la calle y, en vez de piropos, les tiran fotos para colgarlas en Internet y convertirles en objeto de escarnio público sin ninguna compasión. Son carne de cañón.

No es el único caso. Tenemos, sin ir más lejos, a Michael Douglas y su cara-chicle, que mengua o se alarga a voluntad, según la edad de su pareja de turno. ¿Que ahora estoy con una 25 años menor? Pues nada, dale a la manivela parriba, que tengo que quitarme tres meses como sea. ¿Que ahora vuelvo con mi ex, que me saca 2 años? Pues me dejo crecer las arrugas a lo loco y así vamos a juego. De traca. Ya ni se esmera en ocultar las tiritas que cubren las cicatrices de su enésima cirugía.


Otros casos, sin embargo, me provocan lástima. Veo al pobre Mickey Rourke, con sus labios modelo “Carmen de Mairena” y me entran ganitas de llorar. Me duele la cara por simpatía, porque le tienen que tirar los puntos cosa mala.


Y esa naricita, tan pequeña, tan escondida entre esos dos mofletes recauchutados… Esos ojillos de petirrojo, tan estrechos y diminutos que sólo le permiten ver en Cinemascope. Ese pelo graso, que oscila entre dos tonos de caoba y tres de rubio-ceniza. Un esperpento. Un desatino. Una sombra de lo que fue.

¿No tienen estilista? ¿No tienen gusto? ¿No tienen espejos en casa? Qué coño, ¿no tienen madre que les impida salir a la calle de esa guisa? Y, encima, como siguen dándoles papeles protagonistas, de galanzotes talluditos que enamoran a veinteañeras sin escrúpulos, pues se llegan a creer tan bien el papel que lo trasladan a la vida real como si tal cosa. Pues no. No cuela. Puede que los efectos especiales consigan lo imposible, como hacernos creer que Harrison Ford es capaz de trepar una muralla de diez metros valiéndose únicamente de un cinturón a modo de cuerda o pilotar un zepelín sin las más mínimas nociones de la aeronáutica más básica, pero hacerle pasar por un cuarentón de buen ver a los (casi) 70 años que calza, es un despropósito. Un disparate de magnitud apocalíptica.

Casi tan grave como lo de Arturo Fernández y su séquito de admiradoras a sus (casi) 82 años. Insisto: no cuela. Por mucho rayo uva que te metas o tinte que te cubra. ¡Date tu sitio, quédate en el asilo, pellizcando el culo a las enfermeras tetonas y no nos hagas sonrojar de la vergüenza ajena, por Dios!

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