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martes, 11 de octubre de 2011

La rebelión de los bajos fondos

- Lo tengo decidido. Ahora sólo me falta convencer a mis padres y en unas semanas… ¡vida nueva!

La que habla es mi amiga Carlota.
Y digo que habla porque escupe por su boca todo lo que le llega al cerebro. Sin cribar. Ahora, que se le entienda es ya otro cantar…

- ¿Y qué es eso que te ha costado tanto decidir, cielo?- “paciencia”, pienso para mis adentros. Y agárrate los machos, que a saber por dónde te sale la rubia…
- Operarme. Esta mañana he tenido cita con el cirujano y me ha dado el presupuesto. Va a ser mi regalo de Reyes.
- Ya... tu regalo dices que va a ser… ehhh… ¿una nariz nueva? ¿Unas prótesis mamarias? ¿O tal vez unos implantes de glúteos? Aclárame esta duda, por favor, porque me va a tocar calmar a tu madre cuando lea tu carta de Reyes y me llame poniendo el grito en el cielo.
- Frío frío. Lo que quiero son unos nuevos labios vaginales.

Si me hubieseis visto por un agujerito, todavía os duraría la risa. Y eso que esto ocurrió hace dos días. Con sus noches. Yo todavía tengo pesadillas…

- Carlota, ¿de qué demonios estás hablando? ¿Te has vuelto a tragar todos los DVDs de “cambio radical” o qué?
- No. Lo que pasa es que tú estás demodé. Ahora, si estás en el mercado, esto es lo último.
- Sí. Lo último que nadie se haría, quieres decir.
- No. Lo último es operaciones de estética, es lo que te intento explicar.

Me parto.
Resulta que, según su cirujano de cabecera le comenta, se ha puesto de moda la cirugía de ahí-donde-te-digo. En los últimos 10 años, la demanda al parecer se ha quintuplicado (ahí es nada) y las mujeres recurren a ella aduciendo tanto cuestiones estéticas como de salud.

- Hombreee… ahí quería yo llegar. Párate un poquito, Carlota, que eso merece un análisis concienzudo. ¿Tú te crees lo que estás diciendo?
- ¿A qué parte te refieres?
- A la de la salud. Que te operes el tabique nasal por un supuesto ruidito nocturno que molesta a tu santo y no le deja dormir debido a tus mocos atorados, pase. Pero que se te vaya la vida (y la herencia) en operarte el clítoris y zonas adyacentes, no me digas que es comparable.
- ¿No crees que una labioplastia puede ser la solución a tus problemas médicos?
- Chica, yo no llamaría “enfermedad” o “problema médico” a enseñar demasiado cuando te atreves con un bikini brasileño o un tanga de leopardo. No sé si me explico… vamos, que si esto se arregla con la braga-faja de toda la vida, no puede ser muy grave, ¿no crees?

Es que, a este paso, todavía voy a tener que oír que debería cubrirlo la Seguridad Social.
De verdad que el mundo se ha vuelto loco.

- ¿Y qué vas a pedirte en la carta a los Reyes?- abundo yo en este absurdo sin igual, en vista de que Carlota no entra al trapo. ¿Una lipoescultura de pubis? ¿Un relleno del Monte de Venus, quizá? ¿O va a ser un estrechamiento vaginal con reconstrucción de himen, en plan 2x1?
- Noto cierto retintín en tus palabras.
- Es que tú dirás, chata…
- No. Yo lo que quiero es que sean simétricos. Y que no asomen. Vamos, como cuando era jovencita…
- Pero Carlota, si sólo tienes 37. No dramatices.
- ¡Pues quiero que me los recorten y me los dejen como nuevos, ¿estamos?! ¡Y déjame en paz con la murga, hombreya…!

Nada, nada. La dejaré en paz.
Que le hagan su carnicería inguinal y ya me contará a la vuelta.

Ahora mi duda es la siguiente: si a Maripaz le regalamos un Wonderbra especial-efecto-amigdalitis cuando se operó de “las lolas” (como ella las llama) y a Paqui le compramos unas Reebok cuando le detectaron pie cavo, ¿qué tendría que elegir para Carlota?
¿Unos leggins sensación-tattoo, de esos que se pegan tanto que acaban metiéndose hasta el bazo y no hay forma de sacarlos sin parecer una actriz porno en pleno rodaje?

Menudo dilema existencial…
¡Se aceptan sugerencias!


martes, 12 de julio de 2011

Me duele la cara de ser tan joven

Oigo esta conversación en la peluquería cada dos por tres:

- Chica, no sé cómo lo hace, pero está estupenda...
- Pues sí. Por mucho que la critiquen, sigue siendo la mejor operada.
- Tiene una carita como de porcelana inmejorable, ¿no te parece?
- Tú lo has dicho: de porcelana. Literalmente "alicatada"...

No falla.
Llegada cierta edad, en la que las cremas ya no se absorben por igual y las patas de gallo parecen querer estrangularte desde el espejo de aumento, todas quieren parecerse a la Preysler. Aunque la hayan puesto verde por el camino o hayan jurado por sus muertos que jamás recurrirían al bisturí ni al hialurónico, todas flaquean y, por un segundo, añoran tener esos ahorros boyantes que les permitan llamar a su dermatólogo de cabecera en horas intempestivas.

Que una cosa es ir, qué te digo yo, a tu joyero de toda la vida, para que te fusile unos pendientitos ideales que le viste lucir en la portada de una revista (y así conseguir que te cueste la broma la décima parte) y otra bien distinta es presentarte ante el cirujano plástico de tu barrio, con una foto del Diez Minutos en la mano, pidiéndole por Tutatis que te deje la naricilla de la filipina, a conjunto con su barbilla momificada y sus pómulos puntiagudos. Y se dan más casos de lo segundo que de lo primero, por lo que parece. 

¿No sería mejor aprender “cómo vivir del cuento, fácilmente y sin hincarla”, o “procedimientos para dejar a tu ex marido millonetis con dos tangas al firmar la sentencia de divorcio”, métodos estos que te dejan muy relajada y con la cara desestresada y el alma desintoxicada? 

¿De verdad prefieres dejarte la cara como un puzzle de famosos, hombre, que los niños cuando te vean van a jugar a “adivina a quién le ha robado ésta los cachetes y las orejas”? ¡Que luego te saca el gracioso de Pablo Motos en su sección de "culo o codo" y nadie acierta! Todos gritando "¡culo!, ¡es culo, fijo!", "¡que no, que es un codo!" y, cuando abren plano, resulta que es tu papada... Menudo bochorno.

Es mejor envejecer con dignidad que intentar pasar por la eterna compañera de colegio mayor de tu hija.

Y si no me crees, mira a la Obregón, viviendo su enésima juventud (ya ni ella lleva la cuenta), afincada en Miami (ya hay que ser rancia) porque, según dice, su hijo se ha trasladado allí a estudiar y así le lleva la fiambrera a la puerta de la Universidad más cómodamente. Aunque yo creo que la causa tiene más que ver con el hecho de que esa ciudad reúne en su población la mayor concentración de señoras recauchutadas con estampado de leopardo del planeta. Se me ocurre que podrían organizar una manifa, al estilo de los indignados del 15-M, y sembrar de manchas marrones todo Coral Gables, al grito de "sin mis leggins no sois nada", "no falta dinero, sólo bisturís" o "dame laca y dime tonta".

Quizás ellas conseguían más por la estética que los otros por un mundo justo.
Tal y como está el patio...


 

jueves, 20 de mayo de 2010

Los hombres deben estar locos

¿Qué les pasa a los hombres con el “Just for Men”?
¿Se vuelven locos y se echan cantidades industriales? ¿No les coge bien el color porque confían en el tono de la foto sin percatarse de que, con tanta cana, no va a quedar igual? ¿Es un problema de vista, que les impide diferenciar el castaño-violín del rubio-apagado?

Algo tiene que haber. De lo contrario, a ver cómo te explicas que el bueno de Nicolas Cage haya dado por válido semejante estropicio capilar:

¡Uyyyy, Nick, qué natural te han dejadoooo! ¡No se te nota ná de ná! Vamos, como si hubieras nacido con una tremenda peluca rubia-panocha que te nace a media cabeza. ¡No se va a dar cuenta ni tu madre, guapo, más que guapo!

Creo que la edad genera inseguridades en los hombres. Eso, unido al síndrome de Peter Pan que les acompaña hasta la tumba, es un caldo de cultivo estupendo para este tipo de atrocidades. Llegada cierta edad, se pagan los implantes capilares “pelo de muñeca”, los dientes de mármol de Carrara y se dejan la barbita de cuatro días, porque George Michael dijo en su día que aquello era sexy y no se hable más. Salen a la calle y, en vez de piropos, les tiran fotos para colgarlas en Internet y convertirles en objeto de escarnio público sin ninguna compasión. Son carne de cañón.

No es el único caso. Tenemos, sin ir más lejos, a Michael Douglas y su cara-chicle, que mengua o se alarga a voluntad, según la edad de su pareja de turno. ¿Que ahora estoy con una 25 años menor? Pues nada, dale a la manivela parriba, que tengo que quitarme tres meses como sea. ¿Que ahora vuelvo con mi ex, que me saca 2 años? Pues me dejo crecer las arrugas a lo loco y así vamos a juego. De traca. Ya ni se esmera en ocultar las tiritas que cubren las cicatrices de su enésima cirugía.


Otros casos, sin embargo, me provocan lástima. Veo al pobre Mickey Rourke, con sus labios modelo “Carmen de Mairena” y me entran ganitas de llorar. Me duele la cara por simpatía, porque le tienen que tirar los puntos cosa mala.


Y esa naricita, tan pequeña, tan escondida entre esos dos mofletes recauchutados… Esos ojillos de petirrojo, tan estrechos y diminutos que sólo le permiten ver en Cinemascope. Ese pelo graso, que oscila entre dos tonos de caoba y tres de rubio-ceniza. Un esperpento. Un desatino. Una sombra de lo que fue.

¿No tienen estilista? ¿No tienen gusto? ¿No tienen espejos en casa? Qué coño, ¿no tienen madre que les impida salir a la calle de esa guisa? Y, encima, como siguen dándoles papeles protagonistas, de galanzotes talluditos que enamoran a veinteañeras sin escrúpulos, pues se llegan a creer tan bien el papel que lo trasladan a la vida real como si tal cosa. Pues no. No cuela. Puede que los efectos especiales consigan lo imposible, como hacernos creer que Harrison Ford es capaz de trepar una muralla de diez metros valiéndose únicamente de un cinturón a modo de cuerda o pilotar un zepelín sin las más mínimas nociones de la aeronáutica más básica, pero hacerle pasar por un cuarentón de buen ver a los (casi) 70 años que calza, es un despropósito. Un disparate de magnitud apocalíptica.

Casi tan grave como lo de Arturo Fernández y su séquito de admiradoras a sus (casi) 82 años. Insisto: no cuela. Por mucho rayo uva que te metas o tinte que te cubra. ¡Date tu sitio, quédate en el asilo, pellizcando el culo a las enfermeras tetonas y no nos hagas sonrojar de la vergüenza ajena, por Dios!

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