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jueves, 11 de marzo de 2010

La bollería industrial y sus primas-hermanas las gambas a la gabardina


Vengo de hacer la compra cargada como un mulo, con bolsas y bolsitas llenas de frutas y hortalizas frescas para mis niños. He pasado sin mirar por la sección de fritos congelados, porque no quería que mis manos se abalanzaran sobre los calamares a la romana que, sí, son muy socorridos, pero según me comentan la pediatra, la profesora, la nutricionista del cole, mi prima la dietista y los anuncios de Sanidad, pueden provocarle al niño un colapso tal que, en vez de sumas, empiece a hacerme raíces cuadradas, así, a lo loco y sin avisar…

Cada vez que llamo al Telepizza doy un nombre supuesto. Me da miedo que aparezcan en la puerta los Servicios Sociales y se lleven a mis niños por tentativa de homicidio de menores por ingesta masiva de hidratos de carbono. Es que he llegado a considerar meterme en el programa ese de “testigos protegidos” de la Policía para que no me localicen y todo. ¡Qué angustia, qué responsabilidad y qué miedo!

A este paso, mis hijos, cuando se hagan adultos (si no lo impide un ictus provocado por hipercolesterolemia en la adolescencia) podrán demandarme por mala alimentación durante la niñez!!! Y ¿cómo lo demostrarán?, os preguntaréis. Pues muy fácil: sólo tienen que guardar los envases y cartones de todos aquellos productos con más de un 3% de materia grasa que les haya puesto en el plato. Simple.

Olvídate de meterle a tu hija en la mochila una “pantera rosa” o un “bollicao” para el almuerzo, porque si la niña te ha salido avispada, se guarda el envoltorio en el baby escolar y te saca los colores ante un juez a las primeras de cambio. Que yo ya sé de un caso y ahora la madre le envuelve el “tigretón” en papel-albal y… ahhh se sienteee!!! A ver cómo demuestras que no es casero!!!

Es entonces cuando surge la pregunta: si la psicosis generada contra la bollería industrial está fundamentada, ¿por qué hay decenas de anuncios atractivos que nos los meten en las casas y en el ánimo de los chavales? No le han prohibido a McDonald’s que regale chuminás en los Happy Meal para no incitar a su consumo? Pues que le prohíban al señor Martínez meterles por los ojos a los niños las magdalenas y demás bollos-surtidos, hombre, o que metan las chuminás decomisadas a Ronald McDonald entre las hojas de las lechugas iceberg!!! Es fácil-fácil, que no???

Y otra cuestión que me abruma: en mi época, allá por el pleistoceno, ¿no había pastelitos de estos? ¿Qué comía yo a tan tierna edad? Veamos: las lentejas, garbanzos y judías abundaban en mi dieta. Vale, por ahí vamos bien. La verdura la soportaba a base de purés multicolores y el hígado, que se puso de moda inexplicablemente, había que esconderlo entre kilos de patatas y rebozados extraños. ¿Tomaba fruta? Cantidubi. ¿Leche? Por quintales. ¿Cereales? Hombre, no había tantos tipos de Kellog’s como ahora, que te los venden hasta con cobertura de cacahué, pero había… yo, los bollos rosas y las copas Dalky sólo se los veía comer a los pijos de mi colegio, no sé vosotros…

Entonces, si lo estábamos haciendo bien… ¿en qué parte del camino tomamos el desvío equivocado y empezamos a cagarla con los donuts, los Bonys y las palmeras de chocolate? ¿Es que nadie se dio cuenta en aquel momento que, por ahí, íbamos mal? ¿Han tenido que esperarse a que un niño precozmente obeso sea arrancado de los brazos de su madre por las SS de la Ministra de Sanidad? ¿Y todos nos quedamos tan contentos?

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