
Analicemos esto: resulta que lo ideal es que te cases con un tío más tonto que tú y, por rematar tu buen gusto, encima lo escojas más viejo. A ver si no eras tan lista como te creías…
Dicen los investigadores de la Geneva School of Business (domiciliada en Raticulín) que el hechizo para aquello del “fueron felices y comieron perdices” radica en tres requisitos básicos (leche, cacao, avellanas y... ah no, que esto no es…) que te asegurarán un buen matrimonio: una novia más inteligente que el novio, al menos cinco años menor que él y con un similar bagaje cultural.
Cuando dicen “más lista” no os penséis que dicen “entiéndase por lista cualquier fémina que oscile entre Malena Gracia y Madame Pasteur”, no… tiene que ser exactamente un 27% más lista, medida con un aparato llamado “tontómetro”, supongo yo en toda mi ignorancia… y añaden a estos ingredientes otro muy difícil de lograr (ríete tú de conseguir las babas de primera mañana de un caracol virgen que sólo aparece los años bisiestos en lo alto del Anapurna): casarse con una persona que no se haya divorciado previamente.
Bien. A mí, toda esta receta me parece imposible: viene a ser algo parecido a unir en matrimonio a la doctora Ochoa con el mismísimo Papuchi. No me digas que no coinciden los tres requisitos en esta pareja: ella más lista (dónde va a parar), al menos cinco años menor (quien dice cinco, dice cincuenta) y con un parecido bagaje cultural (un ginecólogo y una sexóloga…. hmmm… ¡pueden saltar chispas!). Si lo llega a saber doña Elena no se casa con el sinsorgo del Foster, porque les va a durar el matrimonio lo que yo te cuente… pena que Papuchi ya no pueda optar al galardón (se murió esperando), pero podríamos buscarle sustituto, como… quién te digo yo… ehhh… ¿Arturito Fernández? Pues ese mismamente…
Pero… ¡¡¡no se marchen todavía, aún hay más!!!
Resulta que los días dulces de un matrimonio están contados. Son exactamente dos años, once meses y ocho días. ¡Agarra la calculadora! Porque si a esto le añades que tres años es el tiempo que una pareja necesita para adaptarse a los hábitos y manías del otro (estudio avalado por una empresa de esas que buscan pareja a sus usuarios), no me salen las cuentas… ¿Me paso los primeros dos años y pico acurrucadita con mi maromo frente a la tele y lo que resta para completar los tres años me lo paso dándole con la sartén en todo el cogote? ¿Cómo te organizas para cuadrar esta estadística? Le veo lagunas, soy así de escéptica cuando me reducen todo a números…
Dicen los encargados de redactar esta teoría que, si la gente siguiera estas pautas al pie de la letra, podría aumentar hasta un 20% su probabilidad de disfrutar de un largo y feliz matrimonio. Ya… o sea, que ligarme al viejales-tontorrón me garantiza tener que aguantarle un 20% extra de tiempo. Genial. Me has convencido, chato.
Yo soy más de confiar en la “teoría cántica”. Sí, sí. Esa que demuestra que “las cifras cantan”, por mucho que las disfraces. La que, avalada por la vida, promulga máximas irrefutables, como:
- Que de cada dos matrimonios, uno se va al garete.
- Que una vez cumples los cuarenta, es más fácil que te parta un rayo a que un hombretón soltero y con principios se fije honestamente en tus carnes flácidas.
- Que la que se casa con un hombre treinta y cinco años mayor (enamoradísima, oye) no ve el día en que el abuelo le deje la casa de la playa y el fondo de pensiones a su nombre.
- Que el amor es ciego pero el matrimonio le devuelve la vista.
- Que el matrimonio es la principal causa de divorcio (como diría Groucho).
- O que el número de mujeres en España es casi un 4% superior al de hombres, luego a cada uno le toca una y un poquito de otra… si a esto le añadimos el número ascendente de gays, sacad vuestros propias conclusiones y se os hará la luz…





