
Del mismo modo que, para mi madre, una hija nunca es ni demasiado delgada ni demasiado rubia, para mi abuela, en cambio, una nieta nunca es ni demasiado gorda ni demasiado virgen.
Hay que ver cómo cambia el cuento dependiendo de la generación con la que te topes…
Recuerdo con ternura las palabras que escuchaba de pequeña, cuando me dejaban al cuidado de la yaya: “Niña, tú, las piernas, siempre bien cruzaditas, ¿eh?, no se te vaya a colar un aire y tengamos un disgusto…”
Y yo creyendo que la abuela intentaba protegerme de un resfriado genital… (porque yo pensaba que, si existe la angina de pecho, por la misma regla de tres, tenía que existir el catarro vaginal, ¿no?)
Algo que siempre me llamó la atención era esa insistencia de la buena mujer en saber si zutanita o menganita habían parido “en la fecha reglamentaria o si, por el contrario, habían tenido otro sietemesino” (es que, por lo visto, el pueblo estaba lleno de niños prematuros en aquellas épocas, por lo que me han contado…).
Por eso, cuando mi abuelo se enteraba de que alguna nieta se había echado novio, su primer consejo a los enamorados era: “¡qué ganas tengo de tener biznietos!, pero por la vía legal, ¿eh?, siempre por la vía legal”.
- Jo, abuelo, lo dices como si hubiera muchas “vías” para traer hijos al mundo- le solía responder yo toda impertinente.
- ¡No me quieras llevar por donde no quiero ir, nieta!- me gritaba el hombre un tanto exasperado.
- No, no, válgame Dios de desairarte… sólo digo que la “vía” es lo de menos, abuelo, lo importante es que sea un niño querido y feliz…
- ¡Pamplinas! ¡Tú te casas y, a los nueve meses, me traes un niño y ya verás qué contentos todos, déjate de chorradas modernas!
¿Mi abuelo diciendo la palabra “chorradas”?
Pues sí que le enerva el tema, sí…
El caso es que, para procrear, había que casarse. Y punto.
Además, no podía ser una boda de cualquier tipo, qué va.
Debía ser por la Iglesia. Siempre por la Iglesia.
No podía ser ni por lo civil, ni por lo militar, ni por lo criminal.
De hecho, cada vez que ve en el HOLA a un famosote casándose por el rito zulú o el balinés, le dan los siete males y se pone a jurar en arameo:
- ¡Si yo fuera el registrador, no les inscribía el matrimonio, por mis muertos!- suele gritar.
- Pero abuelo, si esta gente hace el paripé por la pasta que les da la revista. Si no, de qué van a salir con todo al aire haciendo el zángano… Si ninguno lo eleva a público, estate tranquilo- le suelo decir yo para calmarle.
- ¡Me da igual! ¡Deberían fusilarlos a todos!
Sí, hombre, pues claro que sí… todos fusilaos por bailar en tanga alrededor de una hoguera mientras un negrito con cinturón de calabazas les bendice con una lanza… lo que yo te diga…
Por eso, cuando esta mañana, mi niña (toda preguntona ella) me ha salido al paso con lo de: “mamá, ¿pero tú no me dijiste que para tener niños había que casarse?”, lo primero que se me ha venido a la cabeza ha sido la cara de mi abuelo.
Y le he contestado: “cielo, creo que me entendiste mal, pero tranquila, porque este puente vas a ir al pueblo, a casa de los bisabuelos, y ellos te lo explicarán encantados… ¿te parece?”.
Toma ya.
Brownie pa ti, abuelo.
Que sé que te encanta…
Hay que ver cómo cambia el cuento dependiendo de la generación con la que te topes…
Recuerdo con ternura las palabras que escuchaba de pequeña, cuando me dejaban al cuidado de la yaya: “Niña, tú, las piernas, siempre bien cruzaditas, ¿eh?, no se te vaya a colar un aire y tengamos un disgusto…”
Y yo creyendo que la abuela intentaba protegerme de un resfriado genital… (porque yo pensaba que, si existe la angina de pecho, por la misma regla de tres, tenía que existir el catarro vaginal, ¿no?)
Algo que siempre me llamó la atención era esa insistencia de la buena mujer en saber si zutanita o menganita habían parido “en la fecha reglamentaria o si, por el contrario, habían tenido otro sietemesino” (es que, por lo visto, el pueblo estaba lleno de niños prematuros en aquellas épocas, por lo que me han contado…).
Por eso, cuando mi abuelo se enteraba de que alguna nieta se había echado novio, su primer consejo a los enamorados era: “¡qué ganas tengo de tener biznietos!, pero por la vía legal, ¿eh?, siempre por la vía legal”.
- Jo, abuelo, lo dices como si hubiera muchas “vías” para traer hijos al mundo- le solía responder yo toda impertinente.
- ¡No me quieras llevar por donde no quiero ir, nieta!- me gritaba el hombre un tanto exasperado.
- No, no, válgame Dios de desairarte… sólo digo que la “vía” es lo de menos, abuelo, lo importante es que sea un niño querido y feliz…
- ¡Pamplinas! ¡Tú te casas y, a los nueve meses, me traes un niño y ya verás qué contentos todos, déjate de chorradas modernas!
¿Mi abuelo diciendo la palabra “chorradas”?
Pues sí que le enerva el tema, sí…
El caso es que, para procrear, había que casarse. Y punto.
Además, no podía ser una boda de cualquier tipo, qué va.
Debía ser por la Iglesia. Siempre por la Iglesia.
No podía ser ni por lo civil, ni por lo militar, ni por lo criminal.
De hecho, cada vez que ve en el HOLA a un famosote casándose por el rito zulú o el balinés, le dan los siete males y se pone a jurar en arameo:
- ¡Si yo fuera el registrador, no les inscribía el matrimonio, por mis muertos!- suele gritar.
- Pero abuelo, si esta gente hace el paripé por la pasta que les da la revista. Si no, de qué van a salir con todo al aire haciendo el zángano… Si ninguno lo eleva a público, estate tranquilo- le suelo decir yo para calmarle.
- ¡Me da igual! ¡Deberían fusilarlos a todos!
Sí, hombre, pues claro que sí… todos fusilaos por bailar en tanga alrededor de una hoguera mientras un negrito con cinturón de calabazas les bendice con una lanza… lo que yo te diga…
Por eso, cuando esta mañana, mi niña (toda preguntona ella) me ha salido al paso con lo de: “mamá, ¿pero tú no me dijiste que para tener niños había que casarse?”, lo primero que se me ha venido a la cabeza ha sido la cara de mi abuelo.
Y le he contestado: “cielo, creo que me entendiste mal, pero tranquila, porque este puente vas a ir al pueblo, a casa de los bisabuelos, y ellos te lo explicarán encantados… ¿te parece?”.
Toma ya.
Brownie pa ti, abuelo.
Que sé que te encanta…