- Señorita, yo no he incumplido ninguna norma. ¡Le digo que mi equipaje de mano está dentro de los estándares que ustedes manejan en su página web, así que no pienso pagar ni un duro!
- Señor, no vamos a discutir. Haga el favor de introducir su equipaje de mano en el habitáculo que tiene a su espalda y comprobaremos la veracidad de sus palabras.
Llevamos así 10 minutos.
Tenía que pasarme a mí, cómo no. Hay 3 filas de facturación y el señor tocapelotas me lo han asignado sin preguntar. Maldita sea mi estampa…
Le veo levantar un maletín que abulta como si llevara en él la Espasa Calpe-Edición ilustrada, el cual intenta introducir en un armazón de hierro que la compañía aérea ha apostado junto al mostrador. Sin conseguirlo, claro.
- ¡Mi maleta es de las dimensiones exigidas, que la he medido en casa tres veces!- grita a la fila, como si nos importara un comino.
- Señor, se ve a simple vista que ese maletín no cabe. Tiene usted que facturarlo.
- ¡Que no! ¡Que cabe por mis muertos! ¡Ya lo verá, so lista!
Empieza a empujar, empujar y empujar… y consigue meter una rueda y la esquinita del lateral derecho. Pero el mamotreto no avanza. Parece atascado y dudo que lo que sea que transporte en su interior vuelva a su ser una vez lleguemos a nuestro destino.
Pero él insiste. Se llega a sentar sobre la maleta en un vano esfuerzo por meter en la jaula el volumen completo de su equipaje.
- ¡Ya casi lo tengo! ¿Qué le dije?
La cara de la señorita es todo un poema.
- Señor, le falta por introducir el 80% de la maleta. Me temo que llegados a este punto no me queda otra que…
- ¡No! ¡Déme un segundito más!
Ahora le toca al pie.
Comprime la cremallera y el asa con toda la suela del zapato y ya, sin recato alguno, empieza a mirarnos a todos pidiéndonos ayuda con los ojos.
- Caballero, ¿le importa echarme un capote?- le dice al que tengo a mi espalda.
- Faltaría más- le dice el cachitas. Y se ponen a darle de leches a la pobre samsonite.
No me explico cómo, pero la han metido.
Enterita.
Les ha costado sus buenos 5 minutos, pero ahí está, “empacadita” en la mazmorra.
- Bien. Ahora, si es tan amable, la pone en la cinta para verificar que no pase de 10 kilos…
- ¿Cómoooooo?- pregunta el energúmeno. El cachitas ha huido a la fila de al lado, porque se teme lo peor. Yo me hago la longuis y simulo rellenar un sudoku-killer y el hombre, que a estas alturas suda ya más que Camacho retransmitiendo la final del Mundial (sólo le ha faltado lo de “maleta-de-mi-vidaaaa”), se lleva las manos a la cabeza sin saber por dónde empezar.
Y aquí es cuando llega lo bueno: en vista de que aquello no sale ni parriba, ni pabajo, ni paunlao ni palotro, va el fiera y aúpa el armazón completo (con su maletita y su canesú) y lo posa con delicadeza en la cinta de facturación como quien no quiere la cosa.
- Aquí dice 30 kilos- suelta la lista del ordenador.
- Descuente, por favor, los kilos del habitáculo, que es propiedad de la compañía.
- Lo siento, pero entonces tendrá que despegarlo usted de su maleta.
- De eso nada, monada. Si no he leído mal, ustedes me obligan a meterlo en esa jaula. No a sacarlo. En ningún sitio pone que deba hacerlo yo. Así que ya sabe. Le va a tocar ponerse a ello. Y cuidado con las uñas, no se le vayan a romper.
- Son 300 euros de sobrepeso, si es tan amable.
- Pues no. No soy tan amable…
Ni que lo jures…
Y me largué de allí, porque aquello sólo podía acabar en tragedia.
Por no dejaros a medias, os diré que ese caballero y su maleta enjaulada se quedaron en tierra. Bien escoltados (eso sí) por dos seguratas y tres guardias civiles, que aparecieron de la nada y les acompañaron a una salita, en la que echaron el resto de la mañana.
La compañía tuvo que traer otra pajarera metálica y, en un par de ocasiones, llegué a dudar de que lo que allí metían volviera a salir ileso, visto lo visto. Pero siempre lo conseguían, oye. Se ve que la gente, a fuerza de viajar, va cogiendo cierto callo. Que no sabrán hacer la O con un canuto, pero lo del escapismo-maletero está claro que lo llevan en la sangre.
¿O quizás es simplemente que la opción B (léase, pagar 60 euros por maleta y trayecto o 300 de multa por sobrepeso) no permite otra cosa que esmerarse?
Me da en la nariz que va a ser esto último…
¿Y no deberíamos, entonces, empezar a enseñar a nuestros niños cómo meter y sacar (sobre todo “sacar”) un elefante de una caja de zapatos o pasar una vaca por un ojal, en vez de tanta trigonometría y teorías de conjuntos? Porque eso sí que es útil para moverse por el mundo y no la chorrada esa del “conocimiento del medio” que le imponen a mi hija.
Mira tú de qué le sirvió al energúmeno del aeropuerto, por ejemplo, la Lengua Española, salvo para sacársela a la del mostrador de Ryanair mientras se lo llevaban esposado.
