Siguiendo esa ley física que corrobora que Confucio inventó la confusión tanto como que Platón fue el artífice del plato hondo o Rousseau el primero en hornear un pastel ruso, ahora vengo yo a demostrar que los chinos son los amos en esto del “fusilado”:
“Apple Stoer en la ciudad de Kunming”.
Léase “ápestol”, para darle el gracejo chino que la ocasión merece.
En una palabra: que lo de los chinos ya no tiene nombre.
¿Pues no se han “cascao” una tienda Apple-pirata, con todos sus accesorios y repuestos no-originales, en plena ciudad de Kunming, sin asomo de arrobo ni pudor? Bueno, en realidad 5 tiendas, para ser más exactos. Con su logo falso, su uniforme brillantoso, sus iphones de pegolete… ¡todo!
¡Por tener tienen incluso trabajadores convencidos de estar currando para la multinacional verdadera! Pero alma de cántaro, ¿a ti quién te paga la nómina? ¿Un tal “Estifyobs”, por casualidad? ¡Que viva la propiedad intelectual en China, di que sí!
Y mira que ya me parecía obra de un virtuoso que la L y la V de los bolsos de Vuitton no se “pringotearan” al imprimirlas sobre plástico. O que las supuestas gafas Gucci que me vendían en la playa no acumularan decenas de demandas por envejecimiento prematuro de córnea o quemaduras de tercer grado en el lagrimal. Pero lo de falsificar un Ipad, con sus microchips, su minicámara y sus delicados cableados a juego, ya me parece la repanocha. El no-va-más de la piratería moderna. Es casi más difícil que hacerlo bien, es decir, en la propia fábrica, con tus nano-herramientas y tus planos orientativos o lo que demonios utilicen los ingenieros de Apple… ¡Eso no tiene mérito alguno! Lo de los chinos, en cambio, es harina de otro costal...
Bueno, pues ahora me entero de que, aupados por el subidón que dan las ventas y la vorágine consumista que asiste a sus conciudadanos, se han venido arriba y han dado un pasito más: calcar las tiendas Ikea. Con un par.
No penséis que les ha dado por plagiar la mesa Söppåppo, el sillón Grumös o el tornillo Sprüngen. (Quién les pondrá estos nombres, por Tutatis. Fijo que no es un chino…). No. ¡La marca entera! De nuevo, con el mismo logo, sus mismos colores, idéntico sistema de venta o secciones de muebles… ¡si tienes hasta las albondiguillas pseudo-suecas en el restaurante! Eso sí: en versión oriental. Con su pan de gambas y sus tallarines para acompañar. Olvídate de las especialidades de Oslo.
La tienda de la discordia ocupa una nada despreciable superficie de 10.000 metros cuadrados en pleno centro de Kunming (otra vez, esta ciudad es una mina) y se llama “Shi Yi Jia Ju”, que bien pronunciado (en chino, claro) suena casi igual que “Ikea” en ese idioma (“Yi Jia Jia Ju”). Tronchante.
Mi amiga Carlota dice que esto es el futuro.
Que la falta de nuevas ideas nos lleva inexorablemente a situaciones de este calibre:
- Hola, chato, ¿me invitas a una copa?
- Ehhh bueno, vale, yo me llamo Carlos.
- Buenas Carlos, yo soy “Charlís”.
- ¿Charlís? ¿Eso qué es, mote o nombre artístico?
- Es mi nombre real, gilipollas. Charlís-Zerón.
- ¿”Charlís-Zerón”? ¿Como la actriz?
- No. Como la actriz no. Que la que me ha plagiado es ella, que es 4 años menor. ¿Sale ese cubata o no sale?
- Sale, sale, tranquila. Pero, una cosita… tú eres consciente de que es i-m-p-o-s-i-b-l-e que te llames como una famosa que vive en Hollywood, se codea con lo más granado del star system y cobra una millonada por película protagonizada, eso lo entiendes, ¿verdad?
- Ya. Y tú entiendes que es imposible ir de falso pijo por la vida sin pagar las consecuencias, ¿verdad que también lo pillas?
- Pues no. No entiendo ni papa.
- ¿Ah no? ¿Y de dónde dices que es esta camisa tan mona que llevas?
- Es de Dior.
- Claro, claro, de Dior. Pues la próxima vez dile al chino que pase el auto corrector, porque te han plantado en la espalda un “Pior” como la copa de un pino, salao. ¿Qué, salen también unas aceitunillas?
- Ssssí sí, ya salen, ya…
A Carlota se le iba a escapar un incauto de estos…
¡Ni en broma!

