
Entiendo que todo es un negocio, que la publicidad es necesaria y que la financiación, hoy en día, es un tema peliagudo. Sí. Pero, ¿no podrían ser un tanto empáticos y pensar en los demás de vez en cuando?
En mí, en concreto… ya que estamos…
Porque ¿es o no es cierto que en el horario protegido de la tarde no te ponen anuncios de condones? ¿Y a que tampoco habéis visto anuncios de Jess Extender® en los cortes publicitarios del programa de Anachocha?
No, ¿verdad que no?
Veamos: por la mañana, los que más venden son los de Cofidis®, que se hinchan a prestar parné a las amas de casa bingueras (digo yo). O los de Indasec®, que tienen clarísimo su objetivo y saben cuándo y dónde encontrarlo.
Por la tarde, sin embargo, priman los anuncios de Actimel®, Kinder Bueno® y Chiquilín®, porque está la chavalería tomando nota frente al televisor y ya se sabe que son los que acaban manejando el cotarro de la economía familiar.
Pero por la noche… ¡ay, por la noche!
Por la noche es MI momento.
Mi sosiego. Mi paz. Mi reposo irrenunciable.
Es la hora bruja en que la tele se convierte en mi feudo y mi refugio.
Y no consiento, qué digo, no permito ni tolero que me lo amargue un cutre-anuncio de “chocolates Valor®”, metido con calzador a la mínima ocasión.
Hombre, por Dios, si a esa hora tengo hecha hasta la digestión desde hace dos horas.
Si eso del “placer adulto” me lo paso yo por el arco del triunfo.
Si tengo las transaminasas por las nubes, que me lo ha dicho mi endocrino…
…¿A qué fin me tienes que sacar a la maleducada esa que se relame en primer plano, con una lengua de medio metro, toda la bocota abierta y haciendo ruido al masticar? ¿Era necesario?
¿Tú crees que es de justicia ponerme un coro de pasteleros, con su gorro inmaculado y encopetado, dándole con primor a una espátula para conseguir meter medio litro de chocolate derretido dentro de una bolita de Lindt®?
¿Es esto humanitario? ¿Lo ves compasivo, tal vez?
Qué cojones… ¿No podría haberlo patrocinado Florette®, que te iba a poner igual la pasta sobre la mesa sin ofender a nadie? ¿O… quién te digo yo… el fiambre insípido ese de “El Pavo®”, que saca a una bailarina anoréxica bailando en mallas y feliz porque su jamón no tiene estrías? Y que conste que no me refiero a sus muslos…
¿Tan difícil es tener entrañas y saber utilizarlas?
¿Hay que ir de despiadado por la vida para vender una mísera tableta de chocolate?
¿Quieres que me presente en tu casa, en plena dieta a vida o muerte, comiendo a dos carrillos un bocata de foie-gras, Nocilla® y mantequilla?
¿Tú sabes lo que es salivar como un perro y no saber si lo que te cae sobre el pecho es baba o las lágrimas que te provoca la imbécil de la tele? ¿Lo sabes?
¡Qué vas a saberlo!
Ni te lo imaginas, ¿verdad?
Pues aplícate el cuento y ten un poco de compasión.
Que arrieritos somos y en el camino nos encontraremos…



